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Todavía quedan guapos en Yateras

todavia-quedan-guapos-en-yaterasUno lo ve así, inofensivo entre las piedras, dejándose cruzar de dos zancadas, y no es capaz de imaginar que el río Palenque se ensanche tanto con el primer aguacero.

Los vecinos que viven en sus márgenes lo describen cinematográficamente: es cuestión de que llueva, el agua se escurra de las lomas y venga a parar al cauce que, de repente, deja de medir unas cuantas pulgadas de ancho para abarcar cientos de metros. Se vuelve entonces una gran empalizada que arrasa con lo que encuentre a su paso: sembrados, caminos, carretones mal puestos…

No es que lo cuenten los guajiros, que tienen fama de fabuladores y exagerados; es que lo gritan a todo pecho las marcas que el propio río ha ido tallando en las orillas. Marcas de las crecidas que han conformado la peculiar topografía de aquellos recónditos parajes de Yateras.

La última gran avenida la tienen fresca en la memoria: cuando los vientos huracanados de Matthew mordieron con saña el extremo oriental de Guantánamo, en las montañas de Yateras cayó un diluvio. A pique se fue el puente que enlaza a la cabecera del municipio con la capital provincial, y loma arriba todos los ríos crecieron.

Más de 15 días estuvieron incomunicados los pobladores de Palenque Arriba, una comunidad a la que se llega después de cruzar siete veces el mismo río. Más de 15 días con sus noches, con sus respectivas angustias y, gracias a Dios y al personal médico, sin ninguna emergencia sanitaria. Sigue leyendo

A un metro de Fidel

a-un-metro-de-fidelParada en el borde mismo de la acera, me descubro recordando la única vez que lo tuve cerca. Fue en la Plaza de la Revolución de Santa Clara, durante aquella ola intensa de tribunas abiertas en que Cuba se paralizó de una punta a la otra reclamando al niño Elián. Fidel estaba allá, en el podio, y yo, una muchachita de 17 años, agitaba banderas en el lugar de privilegio en que habían ubicado a mi pre.

No puedo decir ahora que escuché cada frase suya, ni que comprendí en ese momento la trascendencia de un proceso que no solo traería de vuelta a Elián González, sino que desembocaría en ese empeño mayúsculo —todavía no analizado en profundidad— que fue la Batalla de Ideas.

Rodeada de adolescentes con las hormonas tan revueltas como las mías, no atendí lo suficiente como para asirme hoy a ese recuerdo. Apenas flashazos: el dedo índice enhiesto, el verde olivo que el sol pintaba a ratos de gris, la estatua del Che en lo alto; detrás de mí, un mar interminable de cabezas…

Ahora, mientras la caravana se adentra en Sancti Spíritus, intento cazar otra cercanía. Me ubico detrás de unos niños de quinto grado que, como yo a los 17 años, no podrán aquilatar en su justa medida la dimensión del suceso que están a punto de vivir. La angustia de estos niños es el reflejo del dolor de sus mayores. Sigue leyendo

El hombre que le duele a Cuba

el-hombre-que-le-duele-a-cubaNoventa años después, moriría sin remedio, dejando a millones de cubanos en un duelo inconsolable. Noventa años después, la isla viviría la noche más larga, una madrugada sin luna y sin estrellas y sin sosiego al otro lado del teléfono cuando una voz entrecortada te dice que sí, que es cierto, que se murió Fidel.

Y lees la noticia en las redes y no quieres creerlo, te aferras como gata bocarriba a la remota posibilidad de que sea otro rumor oportunista y malintencionado, porque una nunca está lista para un aguijonazo como ese; pero entonces ves a Raúl confirmándolo en la televisión nacional, con la pesadumbre de quien ya no tiene más asidero que su recuerdo, y es ahí —en ese minuto y tanto de pavor— que la realidad te cae encima como plomo fundido: en lo adelante, tendrás que lidiar con esa ausencia.

Tendrás que lidiar con un dolor sordo que reemergerá a ratos, cuando vayas por la calle y cualquier signo te lo devuelva de cuerpo presente: tres obreros reparando un poste, el diálogo de una madre y su hijo que se niega a entrar al círculo infantil, la embarazada con la barriga en la boca, el anciano con la jaba de mandados en una mano y, en el pecho, en perfecto orden, las medallas de combatir. Todo, absolutamente todo en tu mundo conocido a los 32 años te lo traerá de vuelta. Sigue leyendo

La obsesión por encontrarlo

La obsesión por encontrarloDesde aquella madrugada de principios de noviembre de 1959 en que soñó con Camilo Cienfuegos, Yolanda de las Mercedes Ruiz no volvió a creer en sus dotes de médium. Se había despertado a las cinco de la mañana después de una visión tan nítida como para sacarle las dudas del cuerpo: el héroe que ella conoció en Yaguajay algunos meses antes, en medio de la vorágine libertaria, no estaba muerto sino malherido en los cayos al norte del poblado.

“A mi alrededor todos se lamentaban por la pérdida, pero yo tenía la seguridad de que iban a encontrarlo —confiesa a los 85 años bien cumplidos sin perdonarse todavía el error—. Me desengañé tanto que nunca más traté de buscarle sentido a las cosas que se le ocurren a una cuando está dormida”.

La suya fue una corazonada común entre miles de personas a lo largo y ancho de la isla, más atribuible al estado de desasosiego general por la desaparición inexplicable del Comandante rebelde que a cualquier motivo de índole metafísica.

Afligido en extremo, el pueblo se mantuvo aferrado a cuanto recurso le diera esperanzas, al punto de que Luis M. Buch y Reinaldo Suárez en su libro Gobierno Revolucionario Cubano, primeros pasos, dieron fe de lo que llamaron la obsesión por encontrarlo. Sigue leyendo

Eran las manos del Che

Eran las manos del ChePor 400 000 dólares un agente de la CIA, disfrazado de experto del Museo Británico, intentó comprar las manos del Che. La anécdota la cuenta Juan Coronel, miembro del Partido Comunista Boliviano, quien, junto al abogado y reportero de Cochabamba Víctor Zannier, formó parte de un intrincado plan para sacar del país andino las manos del guerrillero y hacerlas llegar a Cuba.

El propio periodista las había encontrado en el apartamento de Antonio Arguedas, ministro del Interior de Bolivia en aquel momento, con instrucciones expresas y detalladas del funcionario sobre cómo buscar en el suelo debajo de su cama una urna de madera tapizada “con terciopelo rojo y un acabado muy elegante”.

De modo que, cuando Zannier arribó a La Habana a bordo de un avión de Aeroflot con el maletín entre las piernas el 6 de enero de 1970, concluía una operación de gran envergadura en la que intervinieron varias naciones y por la que no pocos arriesgaron sus vidas. Sigue leyendo