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Los bisnietos de Manuel García

los-bisnietos-de-manuel-garciaEl guajiro ya no sabe si acostar la vaca en su cama o matarla de una buena vez. Demasiados dolores de cabeza le viene dando: levantarse a ordeñarla a las tres de la madrugada, sacarla al potrero, amarrarla por el mediodía a la sombra del algarrobo, ponerle y quitarle el ternero, cambiarle el agua del cuenco y mantener en regla los papeles que prueban que ese animal dócil y propenso a la melancolía es suyo y no de la finca colindante.

Lo peor de todo viene después, cuando cae la tarde y al montero no le queda más remedio que guardarla bajo siete llaves “porque, imagínese, tantos años cuidando una vaca como a la niña de mis ojos para que vengan unos manganzones a chuleármela”.

Y por chulear el guajiro se refiere a un delito tipificado con el rimbombante nombre de Hurto y Sacrificio de Ganado Mayor (HSGM en los informes); un delito casi sacrílego que, en la concreta de monte adentro, consiste en robarse una vaca, matarla, descuartizarla y lucrar a sus expensas. “Animalito, con el cariño que le tengo”, se duele.

“Yo entiendo, fíjese, que en Cuba el ganado no esté a la patá —me mira y después mira a Muñeca—, que la mejor manera de cuidar la masa sea controlándola; pero, óigame, tampoco hay que exagerar, que yo vivo con el credo en la boca porque si me matan la vaca tengo que pagarla como si fuera yo el que se la hubiera comido”. Sigue leyendo

¿El fósil de la cultura guajira?

el-fosil-de-la-cultura-guajiraPor suerte para los campesinos cubanos, el Museo Etnográfico Regional de Cabaiguán es solo eso: un museo, una institución cultural de tablas de palma mal pulida y piso de tierra donde pudieron haber filmado escenas de la telenovela Tierra brava. Las escenas de Nacho Capitán, por supuesto, el montero pobre.

“Ya ningún guajiro de por estos contornos vive así”, aclara la especialista Yanet Cardoso Martín, aliviada de que el techo de guano, la tinaja esquinera y la pared tatuada de rendijas se hayan ido extinguiendo y, en su lugar, hayan germinado la placa, el hormigón y el fluido eléctrico. No se puede negar el desarrollo, parece decirme con la vista.

Aunque, para ser justos, algún bohío queda desperdigado por ahí, algún rancho semidestruido donde todavía vive gente como la familia de Leonor Gómez, su esposo Gerardo Rodríguez y sus nueve hijos, que levantaron un batey a pequeña escala con su vivienda, su cobertizo, su rancho vara en tierra, su letrina y su casa de curar tabaco; todo ello a principios de siglo XX sin imaginar que en octubre de 1987 el Estado intentaría congelar aquella imagen de la Cuba de ayer declarándola sitio museable.

Desde entonces, la finca de poco menos de una hectárea está dispuesta de forma tal que recrea la rutina diaria de una humilde familia campesina dedicada al tabaco en las primeras décadas de la República, de esas que aparecen en los libros de historia con los hijos descalzos y las barrigas repletas de bichos. Sigue leyendo

Bajo el mostrador

bajo-el-mostradorEl vendedor debió compadecerse cuando me vio allí, parada frente a la tarima con cara de perro triste, justo la cara que se te pone cuando buscas desesperadamente con qué hacer una sopa y apenas distingues boniato, ají cachucha y plátano burro sobre el mostrador. Eso sí, boniato, ají cachucha y plátano burro con sus precios visibles en la tablilla y en total correspondencia con las cotas fijadas para su comercialización.

Pero con boniato, ají cachucha y plátano burro no se hace una sopa para paliar la ingesta —lo que mi abuela llamaba un empacho—, sino con malanga, esa vianda que, no sé en el resto de Cuba, pero en Sancti Spíritus pareciera estar en peligro de extinción. Tú preguntas en los Mercados Agropecuarios Estatales y los dependientes te miran como si anduvieras buscando la pieza de un trasbordador espacial.

Este vendedor, sin embargo, debió percibir que mi malestar generalizado y mi insistencia con la malanga no eran un ardid de inspectora encubierta, sino una mala digestión como Dios manda, porque me miró de arriba abajo, se aseguró de que no hubiese nadie más en varios metros a la redonda y me asestó un “espérate, mima” mientras desaparecía bajo el mostrador con una jaba de nylon. Sigue leyendo

Hay patentes y patentes

Hay patentes y patentesApenas unos meses antes de que Cuba abriera las talanqueras para la iniciativa privada, un proceso al que se le dio el eufemístico nombre de “flexibilización del trabajo por cuenta propia”; apenas unos meses antes de tal parteaguas andaba yo presumiendo de haber entrevistado a un desmochador de palmas.

Reinaldo Lorenzo Rodríguez Castellanos se llama. O se llamaba, no sé bien, porque aquel guajiro de ley cogía palma arriba con unos instintos y una resolución que parecían de gato temerario. Reinaldo Lorenzo Rodríguez Castellanos, aunque desde hace décadas en ese fin del mundo que es El Cacahual, metido en medio del Escambray espirituano, todos lo conocen por Nene.

Y sucede que a Nene le pagaban hasta entonces por trepar con dos sogas y más coraje que nervios en palmas reales y palmas canas, por lidiar con los troncos resbalosos y los repletos de espinas, por aguantarse allá arriba solo con los arreos y “dar más machete que Maceo en Peralejo” para tumbar pencas y palmiche, y deslizarlos por otra soga para que no se maltrataran. A Nene le pagaron por eso durante más de 40 años en una empresa forestal.

Pero desde octubre de 2010, cuando la figura del desmochador de palmas cayó en la lista de 178 actividades que el país autorizó a que sus ciudadanos ejercieran por su cuenta y riesgo —lo de riesgo, en el caso de Nene, léase literalmente—, ya él no recibe un salario del Estado por tusar como gallo fino las lomas del Escambray. Ahora Nene, si no se ha recostado a la palma de la jubilación con sus más de 70 años, debe estar pagando una patente por ejercer un oficio que no quiere casi nadie. Sigue leyendo

¿Por qué no llueve café en el campo?

Por qué no llueve café en el campoA sus 71 años, Ernesto Martín debe ser el único guajiro del Escambray que no se levanta directo al primer buche de café de la mañana. Dejó de gustarle hace décadas, cuando su mujer intentó mudarse del colador a la cafetera y la explosión le dejó un hueco en el techo de la casa.

“A ella no le pasó nada, por suerte —describe mientras le lanza una mirada como de tregua—, pero a mí el susto me curó del vicio del café para toda la vida. Y fue mejor, porque unos añitos después las plantaciones dijeron a ponerse flacas, a enfermarse y a parir unos granos raquíticos que casi no rendían. Aquello lo que daba era lástima”.

Y lo cuenta así, con naturalidad, como si tuviera algo que ver el estallido de su cafetera con el progresivo deterioro que fue diseminándose por los cafetales del lomerío villareño como un cáncer. En algo sí tiene razón: aquello lo que daba era lástima.

Él no sabe allá, en Oriente, donde las plantaciones siempre han sido más extensas y el café se da sato; pero en el Escambray bajo la jurisdicción de Sancti Spíritus, zona que conoce como la palma de su mano, Ernesto recuerda las pariciones de los años 80, cuando la región aportaba casi 2 000 toneladas en una sola cosecha.

“Pero empezamos a ir para atrás y para atrás como el cangrejo, dejaron de subir los recursos a las montañas, la broca se plantó en sus trece y, para colmo, a la gente le dio por bajar para el llano”, evoca, apesadumbrado. Sigue leyendo