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Todavía quedan guapos en Yateras

todavia-quedan-guapos-en-yaterasUno lo ve así, inofensivo entre las piedras, dejándose cruzar de dos zancadas, y no es capaz de imaginar que el río Palenque se ensanche tanto con el primer aguacero.

Los vecinos que viven en sus márgenes lo describen cinematográficamente: es cuestión de que llueva, el agua se escurra de las lomas y venga a parar al cauce que, de repente, deja de medir unas cuantas pulgadas de ancho para abarcar cientos de metros. Se vuelve entonces una gran empalizada que arrasa con lo que encuentre a su paso: sembrados, caminos, carretones mal puestos…

No es que lo cuenten los guajiros, que tienen fama de fabuladores y exagerados; es que lo gritan a todo pecho las marcas que el propio río ha ido tallando en las orillas. Marcas de las crecidas que han conformado la peculiar topografía de aquellos recónditos parajes de Yateras.

La última gran avenida la tienen fresca en la memoria: cuando los vientos huracanados de Matthew mordieron con saña el extremo oriental de Guantánamo, en las montañas de Yateras cayó un diluvio. A pique se fue el puente que enlaza a la cabecera del municipio con la capital provincial, y loma arriba todos los ríos crecieron.

Más de 15 días estuvieron incomunicados los pobladores de Palenque Arriba, una comunidad a la que se llega después de cruzar siete veces el mismo río. Más de 15 días con sus noches, con sus respectivas angustias y, gracias a Dios y al personal médico, sin ninguna emergencia sanitaria. Sigue leyendo

El cuento de Bonilla

El cuento de BonillaPara Dayamis y Brito, que lo vivieron en tiempo real. Para Castellanos, donde quiera que esté.

Bonilla se llamaba el hombre, y era un negro alto y corpulento al que habían escogido como delegado en Corina para que toreara los problemas de la comunidad. Y al parecer habían escogido bien, porque cuando llegué dando tumbos a aquel paraje medio perdido en el monte de Fomento todos los lugareños me lo encomendaban: “Tienes que ver a Bonilla, que de eso que tú preguntas nadie te puede hablar mejor que él”.

Y entrevisté guajiros de todo tipo, de los que se dejaban poner la grabadora delante y los que halaban para atrás cuando les decía que era periodista; de los que habían nacido en esos rumbos a la buena de Dios y no querían bajar nunca al pueblo y de los que se aburrían de lo lindo mientras intentaban —casi siempre en vano— mudarse para la ciudad; gente sana como no suele cultivarse en el asfalto, espontánea como para llenar de frases ocurrente el reportaje y tan hospitalaria como para brindarme cada cinco minutos una jícara de café.

Un día entero en aquel fin del mundo tratando de entender cómo se vive en los caseríos que no aparecen en el mapa y, aun así, no coincidí ni una sola vez con Bonilla. “Pero, ¿no lo has visto? —me decían—. Acaba de pasar por aquí”. Y, a seguidas, la descripción: “Muchacha, si no tiene pérdida: es un negro altísimo, traba’o, que anda con un pullover azul. Cuando lo veas, vas a saber que es él”. Sigue leyendo

Si la ciudad no va a la montaña

Si la ciudad no va a la montañaLos guajiros del Escambray han aprendido a identificar a los periodistas desde que llegan. Por el deslumbramiento, dicen, porque lo miran todo como si las matas, el café en jícara y los hombres a caballo fueran cosas de otro mundo. “Y apuntan lo que uno les explica en una libretica para que después no se les olvide”, me reprocha Arturo González, uno de los arrieros más viejos de las lomas de Fomento, y a seguidas insiste: “Tal y como usted está haciendo ahora, así mismo”.

Arturo tiene razón: acostumbrada a vivir en la ciudad —para los campesinos, el asfalto—, suelo subir a la montaña en plan conquista, queriendo conocer apenas en un día cada recoveco de un paraje como ese, intrincado y bucólico, al que demoraré en regresar, seguramente.

Lo peor es que se nota en la cara, al punto en que una vecina desenfadada, de esas que allá arriba se dan como las guásimas, me advierte: “Si tú lo que quieres es saber cómo vivimos, yo te aconsejo que la próxima vez no vengas en un carro directo sino por tus propios medios, cogiendo botella desde Trinidad. Ya cuando llegues aquí, te cuento”.

La suya, como la de Arturo, es una lógica aplastante: una cosa es recorrer los más de 20 kilómetros que separan la cabecera municipal de la comunidad de Condado dando brincos por los baches de la carretera, pasarse una jornada mirando el paisaje y entrevistando gente y luego salir rumbo a Sancti Spíritus dejando atrás una estela de polvo; una cosa es decir: qué lindo el campo, y otra muy diferente es quedarse a vivir donde, como dicen sus propios habitantes, el diablo dio las tres voces y nadie lo oyó. Sigue leyendo

Méyer y el diluvio por venir

Méyer y el diluvio por venirRodeados de lomas por todos los contornos, los habitantes de Méyer, en pleno Escambray, se valen de una frase ocurrente para sortear con humor los escollos de la nostalgia: “Vivimos en un hueco que se va a tragar la presa”, dicen, y sin que se les humedezcan los ojos ni anden lamentándose por dejar la tierra donde criaron a sus hijos rematan con gracejo trinitario: “Ey, sí, lo que hace falta es que terminen de decirnos pa’ cuándo, porque en este jelengue ya llevamos un buen rato”.

Muy pocos sabrían ponerle fecha exacta a ese “rato”, pues, según sus recuerdos aproximados, fue durante los primeros años del período especial cuando comenzaron a llenarse de polvo los proyectos y se paralizaron indefinidamente las obras del Agabama, acuatorio que, al menos en planos, prometía figurar entre los primeros del país.

Desde entonces, los más de 1 000 vecinos aferrados a ese paraje intramontano ya han aprendido a lidiar con los trillos farragosos, las chicharras cantando hasta punto de mediodía y los aguaceros torrenciales que amenazan con ahogar antes de tiempo los potreros. Sigue leyendo

El campo, la ciudad y los perros

El campo, la ciudad y los perrosTienen las mismas cuatro patas y la misma expresión de fidelidad en la mirada, pero los perros de ciudad no son exactamente iguales a los perros de campo; como los humanos que habitan aquellos lares, que por más cruzadas teatrales que se inventen para animarles las noches de Pascuas a San Juan; por más planes asistenciales que se dibujen en papeles y, solo a ratos, en los trillos de las comunidades, no puede afirmarse rotundamente que lleven una vida fácil.

Fácil, lo que se dice fácil, no: con la tierra de cultivar en el patio de la casa, pareciera que los campesinos sintieran menos la carestía de los alimentos o que les bastara con lo que sacan del surco para darse por satisfechos. Eso tienen las telenovelas del ICRT, que son capaces de crear semejantes espejismos.

Pero ni todos los guajiros levantan cosechas millonarias —algunos sí, para qué negarlo—, ni tiene ahora mismo el campo cubano la infraestructura de hace algunos años. La reorganización de las escuelas y de los servicios médicos, por ejemplo, no fueron medidas lo que se dice populares en los caseríos más intrincados, ni el arrendamiento de los círculos sociales; tres determinaciones categóricas evidentemente tomadas bastante lejos de los antiguos bateyes azucareros y de los pueblos encaramados en la montaña. Sigue leyendo