Archivo de la etiqueta: historia

Panchito, el último cacique

panchito-el-ultimo-caciquePara Francisco Ramírez Rojas, Panchito, no es nada del otro mundo eso de mantenerse aferrado a sus cultos ancestrales, a su comunidad de 11 casitas y 23 personas y a ese paraje perdido en la montaña donde sus antepasados consiguieron sobrevivir.

Para él es lo más natural del mundo, pero para el resto del país que lo mira con extrañeza, La ranchería es una rara avis: el último bastión aborigen de Cuba. Panchito, el último cacique.

Si no fuera porque hace siglos se internaron a más no poder en las lomas del macizo Nipe-Sagua-Baracoa, de los indígenas habría quedado solo el recuerdo, unas cuantas ilustraciones desperdigadas en los libros de historia y los nombres sonoros con que bautizaron lomas, ríos, penínsulas, cayos… cada accidente geográfico bajo sus dominios que, antes de 1492, eran toda la isla.

En la Cuba de estos tiempos, para admirar la herencia indígena más pura hay que llegar hasta La ranchería, un recodo tan intrincado en la sierra guantanamera que hacen falta dos horas a lomo de un camión de triple tracción —un “triple”, a secas, para los lugareños—, por picos y mesetas y valles y hasta la muy temida Loma de la muerte.

Panchito, sin embargo, no consigue imaginar otro sitio fuera de esas montañas para echar raíces con su cacicazgo a cuestas. Sigue leyendo

La política del hasta aquí

la-politica-del-hasta-aquiDicen los pescadores de Isabela de Sagua que lo importante no es la distancia, sino el flujo de las corrientes marinas. Y lo explican sin necesidad de mapa alguno: el caserío, ubicado en la costa norte de Cuba, no es ni remotamente el punto más cercano a Estados Unidos, pero justo enfrente se yuxtaponen cayos, islotes… vestigios del delta sumergido del río que, en la concreta del mar, funcionan como una especie de trampolín entre el litoral de Sagua y el sur de la Florida.

Semejante particularidad fue aprovechada con deseos durante la primera mitad del siglo XX, cuando el puerto de Isabela recibía la inyección en vena de las mercancías norteamericanas, y varias décadas después, en plena crisis migratoria de los 90, cuando las balsas se construían en los patios de las casas y hasta la región llegaban cubanos de todos los rincones de la isla con los bártulos al hombro en busca de lo que entonces parecía una gran terminal marítima.

Como la huelga del 9 de abril para mis abuelos y el juicio televisado al General Ochoa para mis padres, la avalancha de gente lanzándose al mar —“como los peces”, cantaría Varela— es un capítulo de la historia de Cuba que nadie tuvo que narrarme. Un capítulo triste, en verdad. Un capítulo que polarizó la ya polarizada dicotomía entre los que se fueron y los que se quedaron. Más bien, un trauma.

Cuentos de todo tipo ha habido: el lanchero que llegó hasta la mismísima costa, no encontró al grupo que debía estar esperando y, para que le pagaran allá su viaje, se llevó a un pescador despistado; la madre soltera que intentó irse una decena de veces hasta que fue a dar con sus tres hijos pequeños a la base naval de Guantánamo; el hombre que bajó 20 libras en el trayecto de 12 horas y juró no contarle jamás a su familia; la historia terrible de los que no sobrevivieron la travesía… Sigue leyendo

¿El fósil de la cultura guajira?

el-fosil-de-la-cultura-guajiraPor suerte para los campesinos cubanos, el Museo Etnográfico Regional de Cabaiguán es solo eso: un museo, una institución cultural de tablas de palma mal pulida y piso de tierra donde pudieron haber filmado escenas de la telenovela Tierra brava. Las escenas de Nacho Capitán, por supuesto, el montero pobre.

“Ya ningún guajiro de por estos contornos vive así”, aclara la especialista Yanet Cardoso Martín, aliviada de que el techo de guano, la tinaja esquinera y la pared tatuada de rendijas se hayan ido extinguiendo y, en su lugar, hayan germinado la placa, el hormigón y el fluido eléctrico. No se puede negar el desarrollo, parece decirme con la vista.

Aunque, para ser justos, algún bohío queda desperdigado por ahí, algún rancho semidestruido donde todavía vive gente como la familia de Leonor Gómez, su esposo Gerardo Rodríguez y sus nueve hijos, que levantaron un batey a pequeña escala con su vivienda, su cobertizo, su rancho vara en tierra, su letrina y su casa de curar tabaco; todo ello a principios de siglo XX sin imaginar que en octubre de 1987 el Estado intentaría congelar aquella imagen de la Cuba de ayer declarándola sitio museable.

Desde entonces, la finca de poco menos de una hectárea está dispuesta de forma tal que recrea la rutina diaria de una humilde familia campesina dedicada al tabaco en las primeras décadas de la República, de esas que aparecen en los libros de historia con los hijos descalzos y las barrigas repletas de bichos. Sigue leyendo

La Trinidad del futuro

La Trinidad del futuroSi algo ha sobrado en los últimos años en Trinidad, la tercera villa plantada por los conquistadores ibéricos en Cuba, ha sido planeamiento estratégico, del tipo que comienza con especialistas midiendo calles y aplicando encuestas, continúa con la elaboración de un diagnóstico del problema y concluye con recomendaciones para el acertado manejo urbano. Llamémosle el know how de la ciudad.

De semejantes recetarios a corto, mediano y largo plazo está repleta la historia reciente de la comarca desde que, a inicios de los 90, el boom del turismo en la región amenazó con hacer colapsar su infraestructura doméstica y a los expertos les dio por redactar manuales, estrategias y hasta un Plan Maestro para preservar un hábitat que la doctora Alicia García Santana ha calificado como un don del cielo.

A decir verdad, han dado resultado. No todo el que se esperaba, es cierto, porque todavía se levantan de un día para otro edificaciones que irrespetan las regulaciones urbanas elaboradas para la zona patrimonial, pero habría que ver el tremendísimo potrero de Don Pío que sería la ciudad sin pautas como esas, que no pocos trinitarios consideran una camisa de fuerza.

Por normar, en la sureña villa se ha normado cada recodo: los usos del suelo en la península de Ancón, esa lengua de tierra que se adentra en el Mar Caribe y que pareciera no tener demasiado espacio disponible para el crecimiento hotelero; los fértiles terrenos del Valle de los Ingenios, con sus parcelas para hostales, museos, instalaciones de servicio y hasta para los cañaverales escenográficos; y, por supuesto, la ciudad misma, tan abarrotada que ya pide a gritos un proceso coherente y orgánico de crecimiento. Sigue leyendo

La batalla retórica

La batalla retóricaConvengamos en un punto: nuestra retórica es precaria. Y no lo digo porque hayamos tenido a Obama luciéndose por La Habana y robándole el show a Pánfilo con naturalidad, como si fuese un cubano del montón. No lo digo por eso —aunque llegado este punto es imposible eludir la comparación—, sino por el exceso de frases hechas, clichés de barricada y obsolescencia argumental que oigo casi a diario y que terminan minando los discursos que deberían emocionarnos. Y si no emocionarnos, al menos no resultarnos indiferentes.

Basta con asistir a una asamblea X del sector Y para comprobarlo. Reunión que se respete tiene un orden del día y un orador, que por lo general comienza con la muy socorrida elipsis: “Decirles que”, en lugar de: “Quiero decirles que”, un vicio del lenguaje burocrático que los lingüistas detestan pero que pareciera estar de moda entre funcionarios y cuadros. Reunión que se respete debe tener también varios participantes, mejor aún si coinciden y apuntalan su sintonía con frases más o menos similares: “en igual período del año anterior”, “el tema de”, “las causales de las problemáticas” y los “niveles de recursos”. Este último, con variante cariñosa de “un nivelito” si el recurso es poco.

Ellos no tienen la culpa, aclaro, de ese empleo limitado y maniqueo del idioma, ni de que los temas sean temas, ni de que las comparaciones necesiten puntos de referencia y la forma que han encontrado de ilustrar avances o retrocesos sea mirando 360 grados hacia atrás.

La culpa es —o eso creo— de una formación ciudadana que no está diseñada precisamente para estimular la oratoria persuasiva, la formación de consensos. Yo hasta lo digo a veces: “No te estoy pidiendo permiso, te estoy informando”. Puertas adentro de la casa suele funcionar; pero puertas afuera… Sigue leyendo