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La gente cree que el mar es fácil

la-gente-cree-que-el-mar-es-facil“Muchacho, ¿de verdad que tú creíste que en ese tareco ibas a llegar a alguna parte?”, le dice Emilio mientras le enseña, una por una, las hendijas que habían comenzado a minar la quilla del barco.

Bocarriba sobre la costa, la embarcación ya no parecía esa especie de Titanic que se imaginaban sus constructores, unos guajiros de monte adentro que poco saben de marejadas ni de corrientes marinas, mucho menos de cómo armar un bote con madera todavía verde, un motor de tractor y un centenar de puntillas jorobadas.

A empujones habían llevado el artefacto hasta la costa, le habían trepado siete u ocho personas, dos niños incluidos, y estaban dando tiempo a que el mar fuera un plato; pero ni con el mar en calma hubieran podido llegar más allá del veril, ese límite de la plataforma en que el agua comienza a ponerse oscura y hasta los más curtidos lo piensan dos veces antes de aventurarse.

“La gente cree que el mar es fácil, que cualquier cosa flota, por eso después usted oye los cuentos de los desaparecidos y los ahogados”. Y para asegurarlo así, rotundamente, nadie como Emilio Morales Herrera, un cienfueguero que está en el mar desde los 17 años, es capitán de barco desde 1976 y fue pescado a cordel por una mujerona de Tunas de Zaza.

La historia que narra no ocurrió en pleno boom de los balseros, en los años 90, sino hace dos meses, “ayer mismo, como quien dice”; y a la embarcación no le habían puesto rumbo norte, como la lógica y el sentido común indican, sino proa al sur, una ruta con escala temporal en Islas Caimán. Sigue leyendo

Señas de lo que quiere La Habana

senas-de-lo-que-quiere-la-habanaEl cubano de a pie, preocupado por los precios en el agro y las incertidumbres del transporte, no sabe aquilatar bien la cifra cuando se la dicen así, en medio de un reporte de televisión: Cuba necesita captar al menos 2.500 millones de dólares anuales de inversión extranjera si es que pretende conseguir un crecimiento sostenido del Producto Interno Bruto.

Como si el concepto de PIB no fuera ya lo suficientemente abstracto, le sueltan a boquejarro un número que, desasido de todo referente, parece decirle al ciudadano promedio que el país no está en condiciones de rechazar ningún capital foráneo, venga de donde venga.

Por eso después el cubano de a pie —pongamos, un machetero de Camagüey o un profesor de Educación Física de Sancti Spíritus— no entiende que, con semejante urgencia, la isla se haga de rogar frente a determinadas negociaciones o alargue como un chicle el otorgamiento de permisos o, en principio, haya concebido para ello un procedimiento tan enrevesado.

Se trata de poner todo en contexto, de explicar los entresijos de la Ley de Inversión Extranjera con la misma frecuencia con que se lleva a un grupo de periodistas a una visita “de pastoreo” a la Zona Especial de Desarrollo Mariel, ese polígono de experimentación al oeste de la capital que es, en efecto, una puerta al desarrollo de Cuba, pero no la única. Sigue leyendo

El conquistador VIP de La Habana

El conquistador VIP de La HabanaQue Karl Lagerfeld venga a La Habana con sus esqueléticas modelos de dos metros y sus telas vaporosas y sus diseños para celebridades no me da más frío que este invierno tropical en el que apenas pude ponerme un suéter. Un suéter para nada fashion, déjenme aclararlo, para nada Coco Chanel.

Debe ser que mi relación con la moda se limita a usar —por cierto, de muy buen grado— toda la ropa que me regalen, sin reparar en nacionalidades ni etiquetas, con lo cual me saco de arriba la angustia de las marcas: que si Lacoste, que si GAP, que si Batos…

Ahora que digo Batos, recuerdo un shortcito gris de la entonces incipiente industria deportiva cubana que me ponía un día sí, otro también y que recogió estoicamente buena parte del churre de las clases de Educación Física de primaria.

Pero la industria de implementos deportivos de entonces dejó de producir prendas y la ligera, la que debía vestir al pueblo cubano, nunca logró despegar lo suficiente. Ni en cantidad, ni en calidad y mucho menos en diseño, justo lo que viene a restregarnos en las narices la casa Chanel.

La llegada de la corte francesa —nunca mejor dicho— pone a la Cuba revolucionaria frente a sus propios prejuicios: los de una isla que desterró de a cuajo el glamour como síntoma inequívoco de lo burgués y vende ahora el desfile de la colección Crucero como la primera pasarela de Chanel en América Latina. O ya la alta costura no es sinónimo de la enajenación consumista que produce el capital, o queríamos demostrar con un golpe de efecto hasta qué punto va en serio la apertura. Sigue leyendo

La batalla retórica

La batalla retóricaConvengamos en un punto: nuestra retórica es precaria. Y no lo digo porque hayamos tenido a Obama luciéndose por La Habana y robándole el show a Pánfilo con naturalidad, como si fuese un cubano del montón. No lo digo por eso —aunque llegado este punto es imposible eludir la comparación—, sino por el exceso de frases hechas, clichés de barricada y obsolescencia argumental que oigo casi a diario y que terminan minando los discursos que deberían emocionarnos. Y si no emocionarnos, al menos no resultarnos indiferentes.

Basta con asistir a una asamblea X del sector Y para comprobarlo. Reunión que se respete tiene un orden del día y un orador, que por lo general comienza con la muy socorrida elipsis: “Decirles que”, en lugar de: “Quiero decirles que”, un vicio del lenguaje burocrático que los lingüistas detestan pero que pareciera estar de moda entre funcionarios y cuadros. Reunión que se respete debe tener también varios participantes, mejor aún si coinciden y apuntalan su sintonía con frases más o menos similares: “en igual período del año anterior”, “el tema de”, “las causales de las problemáticas” y los “niveles de recursos”. Este último, con variante cariñosa de “un nivelito” si el recurso es poco.

Ellos no tienen la culpa, aclaro, de ese empleo limitado y maniqueo del idioma, ni de que los temas sean temas, ni de que las comparaciones necesiten puntos de referencia y la forma que han encontrado de ilustrar avances o retrocesos sea mirando 360 grados hacia atrás.

La culpa es —o eso creo— de una formación ciudadana que no está diseñada precisamente para estimular la oratoria persuasiva, la formación de consensos. Yo hasta lo digo a veces: “No te estoy pidiendo permiso, te estoy informando”. Puertas adentro de la casa suele funcionar; pero puertas afuera… Sigue leyendo

¿Qué será lo que quiere Obama?

Qué será lo que quiere ObamaLa gente en la calle, que no necesita la confirmación de un programa oficial ni de itinerarios aproximados, dice que Barack Obama llegará a Cuba este domingo a bordo del avión presidencial, el Air Force One que han visto en las películas; que una vez aquí se moverá en su limosina blindada de 8 toneladas y más de un millón de dólares, y que no dormirá en el Hotel Nacional ni en Habana Libre, “porque si no, ya hubieran movido a los turistas para otro lado”.

Es lo que tienen los acontecimientos trascendentales y completamente inesperados, que provocan una ola de espasmos. Como la visita del Papa Juan Pablo II, por ejemplo, que en 1998 vino a descongestionar las relaciones entre la isla y la Iglesia Católica, tensas durante décadas; pero ni la presencia del Papa polaco, ni después la del alemán, ni hace apenas meses la del argentino, han desconcertado tanto a los cubanos como la visita del segundo presidente norteamericano en toda su historia como nación y el primero en casi 60 años de gobierno revolucionario.

Suponer hace algunos años que las relaciones entre Cuba y su archienemigo histórico se restablecerían hubiese sido poco menos que un sacrilegio. Demasiada hostilidad, demasiadas tiranteces, demasiado discurso álgido. Pero suponer que un presidente yanqui —y que no se tome el apelativo como una ofensa— recorrería las 90 millas de norte a sur para pasearse dos días por La Habana, hubiera sido una escena más digna de Hollywood que de esta especie de película que es la vida real.

Porque Calvin Coolidge en La Habana de Gerardo Machado, en 1928, no era nada del otro mundo; pero Barack Obama en La Habana de la Revolución, ya es otra cosa. “Otra cosa” para la cual los cubanos, al menos la parte de los cubanos que conozco, no estábamos preparados. Sigue leyendo