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La gente cree que el mar es fácil

la-gente-cree-que-el-mar-es-facil“Muchacho, ¿de verdad que tú creíste que en ese tareco ibas a llegar a alguna parte?”, le dice Emilio mientras le enseña, una por una, las hendijas que habían comenzado a minar la quilla del barco.

Bocarriba sobre la costa, la embarcación ya no parecía esa especie de Titanic que se imaginaban sus constructores, unos guajiros de monte adentro que poco saben de marejadas ni de corrientes marinas, mucho menos de cómo armar un bote con madera todavía verde, un motor de tractor y un centenar de puntillas jorobadas.

A empujones habían llevado el artefacto hasta la costa, le habían trepado siete u ocho personas, dos niños incluidos, y estaban dando tiempo a que el mar fuera un plato; pero ni con el mar en calma hubieran podido llegar más allá del veril, ese límite de la plataforma en que el agua comienza a ponerse oscura y hasta los más curtidos lo piensan dos veces antes de aventurarse.

“La gente cree que el mar es fácil, que cualquier cosa flota, por eso después usted oye los cuentos de los desaparecidos y los ahogados”. Y para asegurarlo así, rotundamente, nadie como Emilio Morales Herrera, un cienfueguero que está en el mar desde los 17 años, es capitán de barco desde 1976 y fue pescado a cordel por una mujerona de Tunas de Zaza.

La historia que narra no ocurrió en pleno boom de los balseros, en los años 90, sino hace dos meses, “ayer mismo, como quien dice”; y a la embarcación no le habían puesto rumbo norte, como la lógica y el sentido común indican, sino proa al sur, una ruta con escala temporal en Islas Caimán. Sigue leyendo

La política del hasta aquí

la-politica-del-hasta-aquiDicen los pescadores de Isabela de Sagua que lo importante no es la distancia, sino el flujo de las corrientes marinas. Y lo explican sin necesidad de mapa alguno: el caserío, ubicado en la costa norte de Cuba, no es ni remotamente el punto más cercano a Estados Unidos, pero justo enfrente se yuxtaponen cayos, islotes… vestigios del delta sumergido del río que, en la concreta del mar, funcionan como una especie de trampolín entre el litoral de Sagua y el sur de la Florida.

Semejante particularidad fue aprovechada con deseos durante la primera mitad del siglo XX, cuando el puerto de Isabela recibía la inyección en vena de las mercancías norteamericanas, y varias décadas después, en plena crisis migratoria de los 90, cuando las balsas se construían en los patios de las casas y hasta la región llegaban cubanos de todos los rincones de la isla con los bártulos al hombro en busca de lo que entonces parecía una gran terminal marítima.

Como la huelga del 9 de abril para mis abuelos y el juicio televisado al General Ochoa para mis padres, la avalancha de gente lanzándose al mar —“como los peces”, cantaría Varela— es un capítulo de la historia de Cuba que nadie tuvo que narrarme. Un capítulo triste, en verdad. Un capítulo que polarizó la ya polarizada dicotomía entre los que se fueron y los que se quedaron. Más bien, un trauma.

Cuentos de todo tipo ha habido: el lanchero que llegó hasta la mismísima costa, no encontró al grupo que debía estar esperando y, para que le pagaran allá su viaje, se llevó a un pescador despistado; la madre soltera que intentó irse una decena de veces hasta que fue a dar con sus tres hijos pequeños a la base naval de Guantánamo; el hombre que bajó 20 libras en el trayecto de 12 horas y juró no contarle jamás a su familia; la historia terrible de los que no sobrevivieron la travesía… Sigue leyendo

La Patria a menor escala

La Patria a menor escalaParto de un principio elemental: me opongo con obstinación de mula cerrera a cualquier tipo de violencia. La violencia del yihadista que decapita frente a Internet o en la privacidad de su hogar; la violencia del joven no menos desquiciado que se sienta durante casi una hora en la iglesia afroamericana antes de levantarse, cargar el arma y comenzar a matar; la violencia del marido que deja el plato sucio en el fregadero porque total, la “esclava” viene atrás; la violencia de las fuerzas policiales de Nicaragua, que hasta gases lacrimógenos usaron la semana pasada para impedir que siguiera rumbo norte la avalancha de emigrantes cubanos que había entrado al territorio nacional.

Prefiero suponer que este último asunto se ha dirimido a nivel de cancillerías y a puertas cerradas porque los entresijos de la política son así, inescrutables a los simples mortales, antes que imaginar siquiera que Cuba haya permanecido de brazos cruzados ante el maltrato a sus ciudadanos. Y digo “prefiero suponer” porque, como se sabe, en el caso de los cubanos varados en Costa Rica transparencia no es precisamente lo que ha sobrado.

Lo que ha sobrado, a no dudarlo, es alharaca entre dos aceras que, muy a pesar del 17D, siguen exhibiendo sus diferencias irreconciliables: de un lado, quienes le endilgan toda la responsabilidad al gobierno de la isla y han llegado a encasquetarle a los balseros en tierra firme el epíteto de refugiados; de otro, los que siguen en sus trece, culpando a Estados Unidos por la insostenible Ley de Ajuste Cubano; una legislación que, ante la remota posibilidad de que sea derogada, ha provocado esa especie de cuello de botella que hoy sacude a Centroamérica. Sigue leyendo