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La cura de San Pablo de Yao

la-cura-de-san-pablo-de-yaoCuando se vio solo frente a aquella señora con un sangramiento desproporcionado en medio de la Sierra Maestra, Denis Gabriel Santos respiró profundo y dijo para sus adentros: “Esto lo resuelvo yo o el diablo vende billetes”.

La suerte es que no se turbó: estabilizó a la paciente a como pudo, aplicó los protocolos establecidos para casos de esa índole y se aseguró de remitirla con urgencia hacia Buey Arriba, porque hay padecimientos que, por más que él quiera, no puede curar desde un consultorio en San Pablo de Yao.

Hasta ese paraje de la cordillera oriental llegó Denis en septiembre pasado, acabadito de graduar, pero fue cuestión de que los guajiros mansos de por esos contornos lo miraran dos veces para comprender que les habían mandado un médico “como es debido”.

Así lo recalca Pedro Delfín López Gómez, vecino de San Pablo de Yao desde que nació hace tantos años que puede dárselas de historiador de la localidad y presume de conocer a todo el personal de la Salud que ha pasado por la comarca.

“Usted lo ve ahí, ecuánime, pero ese médico es una ardilla —ilustra Pedro—: va a esta casa a ver a un enfermo, cruza el río de piedra en piedra para hacer el terreno, atiende a cualquier hora… y luego, esa sonrisa maravillosa que transmite tanta confianza. Uno de verlo se siente curado”. Sigue leyendo

Médico, ¿usted sabe nadar?

medico-usted-sabe-nadarLa antigua despulpadora de café de Arroyo Seco todavía asoma su nariz de concreto sobre las aguas cuando la sequía aprieta. La gente del pueblo la describe con tanta precisión como si no yaciera en el fondo de la presa Mayarí desde hace cinco años, junto a la terminal, el hospitalito y varias decenas de casas.

Contra todos los pronósticos, el nuevo embalse se llenó en un abrir y cerrar de ojos y los pobladores de Arroyo Seco tuvieron que cargar con sus bártulos un poco más arriba y acostumbrarse a vivir, no ya junto al río, sino a orillas de un mar de agua dulce que amenaza con crecer en el primer aguacero.

Un mar que amenaza y que, de hecho, ha crecido, aunque no lo suficiente como para espantar de sus riberas a los más de 400 habitantes que permanecen en Arroyo Seco y a los casi 500 que quedaron del otro lado, en tres comunidades de las más intrincadas de Mayarí: Calunga, Camarones y Jicotea.

Hasta allá se puede llegar por carretera —más bien, un trillo polvoriento—, bordeando esa especie de bahía que se formó entre Arroyo Seco y las lomas de enfrente cuando se llenó la presa; pero el trayecto es incómodo y demorado, y para ahorrar tiempo a los campesinos de por esos rumbos les dio por hacerse los marineros: se agenciaron un bote al que llaman chalana, montaron encima a Fidencio Pupo y, junto a los remos, le encasquetaron la responsabilidad de llevar y traer a quienes se aventuren a atravesar el embalse. Sigue leyendo

Si la ciudad no va a la montaña

Si la ciudad no va a la montañaLos guajiros del Escambray han aprendido a identificar a los periodistas desde que llegan. Por el deslumbramiento, dicen, porque lo miran todo como si las matas, el café en jícara y los hombres a caballo fueran cosas de otro mundo. “Y apuntan lo que uno les explica en una libretica para que después no se les olvide”, me reprocha Arturo González, uno de los arrieros más viejos de las lomas de Fomento, y a seguidas insiste: “Tal y como usted está haciendo ahora, así mismo”.

Arturo tiene razón: acostumbrada a vivir en la ciudad —para los campesinos, el asfalto—, suelo subir a la montaña en plan conquista, queriendo conocer apenas en un día cada recoveco de un paraje como ese, intrincado y bucólico, al que demoraré en regresar, seguramente.

Lo peor es que se nota en la cara, al punto en que una vecina desenfadada, de esas que allá arriba se dan como las guásimas, me advierte: “Si tú lo que quieres es saber cómo vivimos, yo te aconsejo que la próxima vez no vengas en un carro directo sino por tus propios medios, cogiendo botella desde Trinidad. Ya cuando llegues aquí, te cuento”.

La suya, como la de Arturo, es una lógica aplastante: una cosa es recorrer los más de 20 kilómetros que separan la cabecera municipal de la comunidad de Condado dando brincos por los baches de la carretera, pasarse una jornada mirando el paisaje y entrevistando gente y luego salir rumbo a Sancti Spíritus dejando atrás una estela de polvo; una cosa es decir: qué lindo el campo, y otra muy diferente es quedarse a vivir donde, como dicen sus propios habitantes, el diablo dio las tres voces y nadie lo oyó. Sigue leyendo

Viaje al tope de Las Villas

Viaje al tope de Las VillasEl carro se detiene, exhausto por la subida, en un recodo que la misma providencia parece haber plantado para que los choferes no desistan a medio camino. “Refresque la ‘bestia’ con el agua de esa pluma y siga echando, que todavía le falta un impulso pa’ llegar al mirador y otro pa’l pueblo”, le dice al equipo de prensa un campesino que sorprende por sus dotes de guía turístico.

“Todo esto aquí se conoce como la Curva de Juana”, explica, mientras dibuja con los brazos unos círculos concéntricos que sobran para señalar la única casa, donde vive solo con su perro; la cerca de alambre de púas que la circunda; y el chorro de agua, por donde ha visto pasar cientos de carros jadeando hacia Topes de Collantes.

Y sin agregar palabra se pierde loma arriba, como de seguro ha venido haciendo a diario, sin que le duelan las corvas por la pendiente ni se le cansen los huesos de casi 70 años. A semejantes andanzas están acostumbrados los más de 2 000 habitantes que escogieron quedarse por estos lares, casi inaccesibles pero a buen recaudo de las veleidades del llano. Sigue leyendo