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Todavía quedan guapos en Yateras

todavia-quedan-guapos-en-yaterasUno lo ve así, inofensivo entre las piedras, dejándose cruzar de dos zancadas, y no es capaz de imaginar que el río Palenque se ensanche tanto con el primer aguacero.

Los vecinos que viven en sus márgenes lo describen cinematográficamente: es cuestión de que llueva, el agua se escurra de las lomas y venga a parar al cauce que, de repente, deja de medir unas cuantas pulgadas de ancho para abarcar cientos de metros. Se vuelve entonces una gran empalizada que arrasa con lo que encuentre a su paso: sembrados, caminos, carretones mal puestos…

No es que lo cuenten los guajiros, que tienen fama de fabuladores y exagerados; es que lo gritan a todo pecho las marcas que el propio río ha ido tallando en las orillas. Marcas de las crecidas que han conformado la peculiar topografía de aquellos recónditos parajes de Yateras.

La última gran avenida la tienen fresca en la memoria: cuando los vientos huracanados de Matthew mordieron con saña el extremo oriental de Guantánamo, en las montañas de Yateras cayó un diluvio. A pique se fue el puente que enlaza a la cabecera del municipio con la capital provincial, y loma arriba todos los ríos crecieron.

Más de 15 días estuvieron incomunicados los pobladores de Palenque Arriba, una comunidad a la que se llega después de cruzar siete veces el mismo río. Más de 15 días con sus noches, con sus respectivas angustias y, gracias a Dios y al personal médico, sin ninguna emergencia sanitaria. Sigue leyendo

De agrio, Naranjo solo tiene el nombre

de-agrio-naranjo-solo-tiene-el-nombre—Como decimos los guajiros: “asujétense”.

Para cuando el chofer lo advirtió, ya estaba el jeep WAZ atacado hasta las rodillas en el fango. Hacía casi una semana desde el último aguacero, pero por aquellos rumbos de Dios, con la humedad casi permanente y los árboles tapando por completo el trillo, los charcos pueden durar para siempre. Charcos que luego derivan en imponentes islas de fango.

Si no fuera por la pericia del chofer, Carlos Loforte Babastro, que lleva más de 30 años manejando ese carro salvador sin siquiera haber abierto nunca el motor; si no fuera porque a fuerza de recorrerlos hasta de madrugada se sabe de memoria los bajíos de la zona y cómo salir con vida de ellos, este equipo de prensa habría terminado allí mismo lo que parecía una misión suicida: subir por espalda encorvada del macizo Nipe-Sagua-Baracoa para narrar las historias —no por cotidianas, menos heroicas— de los hombres y mujeres que, ora por decisión personal, ora por estricto cumplimiento del deber, garantizan los servicios de Salud al montañés.

Aunque, a decir verdad, nadie está en esas cumbres de Sagua de Tánamo por estricto cumplimiento del deber. Se puede, incluso, aterrizar de mala gana si uno es un médico graduado en el Vedado y lo mandan a cumplir el servicio social en alguna comunidad de nombre impronunciable, como solía pasar hasta hace unos años, cuando los recién egresados venían a suplir necesidades como si se tratara de un destierro. Lo que no se puede, de ningún modo, es llegar de marcha atrás y no encariñarse a los tres minutos con los pacientes más nobles del mundo. Sigue leyendo