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Un médico de verdad

un-medico-de-verdadSi algo tiene Farallones es el nombre bien puesto. Esculpido a cincel limpio en la montaña, el caserío pareciera levantado sobre lascas y más lascas en la abrupta topografía del macizo Nipe-Sagua-Baracoa. Para llegar hasta Farallones, incluso, hay que remontar una carretera de un pedregoso casi lunar y esquivar no pocos despeñaderos.

Nada en aquellas crestas filosas recuerda a Moa, el emporio cubano del níquel, el pueblo embetunado de pies a cabeza de polvo rojo que se despliega a sus pies. Allá abajo, junto a la bahía y al puerto y al ajetreo de los mineros, Moa sigue su curso; loma arriba, un puñado de comunidades y otro puñado de hombres y mujeres con sus niños y sus adultos mayores se sobreponen al calvario de vivir a 28 kilómetros “de la placa”.

Pero son 28 kilómetros medidos con lienza, porque en el odómetro de los carros rinden como 42, aseguran los choferes curtidos por el extenuante ejercicio de subir y bajar unos caminos tan abruptos como las lomas en las que serpentean; tan en carne viva desde hace tantos años que si una vez estuvieron buenos, ya nadie se acuerda.

Por esos mismos caminos escalan dando brincos la canasta básica normada, los insumos agrícolas y, dos días a la semana, el camión de pasajeros que ni siquiera nace en Farallones, sino un tramo más arriba, en un asentamiento con nombre pintoresco: Calentura. (Por qué le pusieron así, pregunto, y me responden que será por el calor del sol, que allí es muy intenso: “Qué se había imaginado, periodista”). Sigue leyendo

De agrio, Naranjo solo tiene el nombre

de-agrio-naranjo-solo-tiene-el-nombre—Como decimos los guajiros: “asujétense”.

Para cuando el chofer lo advirtió, ya estaba el jeep WAZ atacado hasta las rodillas en el fango. Hacía casi una semana desde el último aguacero, pero por aquellos rumbos de Dios, con la humedad casi permanente y los árboles tapando por completo el trillo, los charcos pueden durar para siempre. Charcos que luego derivan en imponentes islas de fango.

Si no fuera por la pericia del chofer, Carlos Loforte Babastro, que lleva más de 30 años manejando ese carro salvador sin siquiera haber abierto nunca el motor; si no fuera porque a fuerza de recorrerlos hasta de madrugada se sabe de memoria los bajíos de la zona y cómo salir con vida de ellos, este equipo de prensa habría terminado allí mismo lo que parecía una misión suicida: subir por espalda encorvada del macizo Nipe-Sagua-Baracoa para narrar las historias —no por cotidianas, menos heroicas— de los hombres y mujeres que, ora por decisión personal, ora por estricto cumplimiento del deber, garantizan los servicios de Salud al montañés.

Aunque, a decir verdad, nadie está en esas cumbres de Sagua de Tánamo por estricto cumplimiento del deber. Se puede, incluso, aterrizar de mala gana si uno es un médico graduado en el Vedado y lo mandan a cumplir el servicio social en alguna comunidad de nombre impronunciable, como solía pasar hasta hace unos años, cuando los recién egresados venían a suplir necesidades como si se tratara de un destierro. Lo que no se puede, de ningún modo, es llegar de marcha atrás y no encariñarse a los tres minutos con los pacientes más nobles del mundo. Sigue leyendo

Mitología de güijes

Mitología de güijesLos orígenes del mito se pierden en la neblina de los siglos. Fenómenos inexplicables en la mentalidad de nuestros primeros pobladores, coincidencias históricas y hasta el mismísimo azar convergieron en la conformación de la cosmogonía propia de esta ínsula.

Los montes otrora vírgenes, arroyos y costas comenzaron a ser visitados por babujales, madres de agua, siguapas…, una pléyade de apariciones a medio camino entre realidad y fábula; amalgama de leyendas nacidas en el forcejeo cultural a este lado del océano.

Sin embargo, amén de manifestaciones supersticiosas locales, el güije resulta el personaje por excelencia del folclor nacional. Al decir de Samuel Feijóo en su libro Mitología cubana, de nuestros mitos es el más recio, constante y completo. Presente en cada rincón del país, asume infinidad de formas, tamaños y cualidades psicológicas. De ahí que sean tan diversos y variopintos los pormenores de sus avistamientos.

A los aborígenes se adjudica el surgimiento de esta leyenda, pues las noticias iniciáticas datan de los primeros años de la conquista y lo describen como un niño con facciones de indio y pelo larguísimo. No obstante, muy pronto mutaría para convertirse en un negrito de cabellos ensortijados y también largos, a imagen y semejanza de aquellos esclavos importados por el amo ibérico que ya comenzaban a ser mayoría. Sigue leyendo

Iré a Santiago

Iré a SantiagoYa no puedo decir, con cara de gata triste: “Nunca he pasado de Ciego de Ávila”. Semejante excusa me bastaba para ilustrar mi desconocimiento sobre la geografía del Oriente cubano y hasta para suplicarle a cuantos choferes conozco que me llevaran en un viaje del que había imaginado hasta sus más triviales detalles.

Me cayó del cielo cuando menos lo esperaba, como suelen suceder las mejores experiencias de la vida. Enrolada a última hora en una peculiar expedición de periodistas espirituanos, rebasé la frontera entre Ciego de Ávila y Camagüey y, con ella, dejaba definitivamente atrás mi insatisfacción de tantos años. Sigue leyendo

Duaba: la odisea de contar la historia

Duaba la odisea de contar la historiaEn este punto de la narración televisiva, ya muerto sin remedio Flor Crombet y Antonio Maceo escapando milagrosamente, una y otra vez, de los indios de Yateras; en este punto de la historia bien sé que no conseguiré escribir sobre Duaba, la odisea del Honor sin que se me note el deslumbramiento.

Era de esperar. De hecho, me preparé para el deslumbramiento: aguardé con paciencia de asceta a que terminara la insípida programación de verano —que, para mí, fue más de lo mismo—, sacudí cualquier distracción posible de esa media hora de los sábados y me dispuse a disfrutar de la teleserie histórica con la seguridad de que una producción de semejante envergadura, dirigida por Roly Peña y con guion de Eduardo Vázquez, no podía resultar sino una obra maestra.

Cierto es que tuvo el respaldo financiero del Instituto Cubano de Radio y Televisión, del Ministerio de Cultura y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, una tríada para nada desdeñable; que se filmó en las locaciones reales, viajes a Costa Rica mediante o a los más recónditos parajes de Oriente, y que no se escatimó en recursos para ambientaciones de época o artilugios de posproducción; pero tampoco sería la primera vez en Cuba que un apuntalamiento similar en las manos equivocadas terminara en una producción audiovisual de vuelo estético cuestionable. En Duaba…, por suerte para el espectador, se impuso el talento. Sigue leyendo