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Todavía quedan guapos en Yateras

todavia-quedan-guapos-en-yaterasUno lo ve así, inofensivo entre las piedras, dejándose cruzar de dos zancadas, y no es capaz de imaginar que el río Palenque se ensanche tanto con el primer aguacero.

Los vecinos que viven en sus márgenes lo describen cinematográficamente: es cuestión de que llueva, el agua se escurra de las lomas y venga a parar al cauce que, de repente, deja de medir unas cuantas pulgadas de ancho para abarcar cientos de metros. Se vuelve entonces una gran empalizada que arrasa con lo que encuentre a su paso: sembrados, caminos, carretones mal puestos…

No es que lo cuenten los guajiros, que tienen fama de fabuladores y exagerados; es que lo gritan a todo pecho las marcas que el propio río ha ido tallando en las orillas. Marcas de las crecidas que han conformado la peculiar topografía de aquellos recónditos parajes de Yateras.

La última gran avenida la tienen fresca en la memoria: cuando los vientos huracanados de Matthew mordieron con saña el extremo oriental de Guantánamo, en las montañas de Yateras cayó un diluvio. A pique se fue el puente que enlaza a la cabecera del municipio con la capital provincial, y loma arriba todos los ríos crecieron.

Más de 15 días estuvieron incomunicados los pobladores de Palenque Arriba, una comunidad a la que se llega después de cruzar siete veces el mismo río. Más de 15 días con sus noches, con sus respectivas angustias y, gracias a Dios y al personal médico, sin ninguna emergencia sanitaria. Sigue leyendo

Médico, ¿usted sabe nadar?

medico-usted-sabe-nadarLa antigua despulpadora de café de Arroyo Seco todavía asoma su nariz de concreto sobre las aguas cuando la sequía aprieta. La gente del pueblo la describe con tanta precisión como si no yaciera en el fondo de la presa Mayarí desde hace cinco años, junto a la terminal, el hospitalito y varias decenas de casas.

Contra todos los pronósticos, el nuevo embalse se llenó en un abrir y cerrar de ojos y los pobladores de Arroyo Seco tuvieron que cargar con sus bártulos un poco más arriba y acostumbrarse a vivir, no ya junto al río, sino a orillas de un mar de agua dulce que amenaza con crecer en el primer aguacero.

Un mar que amenaza y que, de hecho, ha crecido, aunque no lo suficiente como para espantar de sus riberas a los más de 400 habitantes que permanecen en Arroyo Seco y a los casi 500 que quedaron del otro lado, en tres comunidades de las más intrincadas de Mayarí: Calunga, Camarones y Jicotea.

Hasta allá se puede llegar por carretera —más bien, un trillo polvoriento—, bordeando esa especie de bahía que se formó entre Arroyo Seco y las lomas de enfrente cuando se llenó la presa; pero el trayecto es incómodo y demorado, y para ahorrar tiempo a los campesinos de por esos rumbos les dio por hacerse los marineros: se agenciaron un bote al que llaman chalana, montaron encima a Fidencio Pupo y, junto a los remos, le encasquetaron la responsabilidad de llevar y traer a quienes se aventuren a atravesar el embalse. Sigue leyendo

De agrio, Naranjo solo tiene el nombre

de-agrio-naranjo-solo-tiene-el-nombre—Como decimos los guajiros: “asujétense”.

Para cuando el chofer lo advirtió, ya estaba el jeep WAZ atacado hasta las rodillas en el fango. Hacía casi una semana desde el último aguacero, pero por aquellos rumbos de Dios, con la humedad casi permanente y los árboles tapando por completo el trillo, los charcos pueden durar para siempre. Charcos que luego derivan en imponentes islas de fango.

Si no fuera por la pericia del chofer, Carlos Loforte Babastro, que lleva más de 30 años manejando ese carro salvador sin siquiera haber abierto nunca el motor; si no fuera porque a fuerza de recorrerlos hasta de madrugada se sabe de memoria los bajíos de la zona y cómo salir con vida de ellos, este equipo de prensa habría terminado allí mismo lo que parecía una misión suicida: subir por espalda encorvada del macizo Nipe-Sagua-Baracoa para narrar las historias —no por cotidianas, menos heroicas— de los hombres y mujeres que, ora por decisión personal, ora por estricto cumplimiento del deber, garantizan los servicios de Salud al montañés.

Aunque, a decir verdad, nadie está en esas cumbres de Sagua de Tánamo por estricto cumplimiento del deber. Se puede, incluso, aterrizar de mala gana si uno es un médico graduado en el Vedado y lo mandan a cumplir el servicio social en alguna comunidad de nombre impronunciable, como solía pasar hasta hace unos años, cuando los recién egresados venían a suplir necesidades como si se tratara de un destierro. Lo que no se puede, de ningún modo, es llegar de marcha atrás y no encariñarse a los tres minutos con los pacientes más nobles del mundo. Sigue leyendo

Razones para llorar

Razones para llorarTenía que salir de África, tomar un avión hacia España y provocar histeria en Nueva York; tenía que poner a prueba todos los protocolos para la contención epidemiológica al uso y desconcertar a la comunidad internacional para que el ébola comenzara a ser tratado con respeto; no como el problema sanitario que afecta a otros —“allá tú los ves, allá”—, sino como el virus altamente mortífero que amenaza con plantar sus cepas también en Occidente.

De hecho, antes de brincar a la muy castiza España a bordo de los dos misioneros infectados, el actual brote de ébola que viene desangrando desde principios de año a Liberia, Guinea Conakry y Sierra Leona apenas interesaba a los internautas, demasiado ocupados en chismes de celebridades, intrigas políticas, escándalos de corrupción y hasta en las veleidades del no menos virulento Estado Islámico. No lo digo yo, que solo llevo los reportes de lectoría de esta bitácora: lo dice el blog de los editores de BBC Mundo en un artículo que titula, precisamente, ¿Qué hacemos con el ébola?

Basta con repasar las coberturas de medios de prensa y las opiniones en redes sociales para aquilatar “la insoportable levedad” de lo que se debate: que si Teresa Romero, la enfermera contagiada en España, se tocó —o no— la cara con el guante; que si fue un crimen sacrificar a Excalibur, su perro, sin confirmar que había contraído el virus; que si la sanitaria Kaci Hickox debía acatar el período de cuarentena tranquilamente en casa para no exponer con sus paseos en bicicleta a medio estado de Maine; que si los trabajadores de salud infectados en África no podrán regresar a sus países de origen para ser curados… Sigue leyendo

Ritual de mayo

Ritual de mayoSobre la cama de un LIAZ, una maza de ingenio que por aquel entonces me parecía gigantesca; también sobre el camión, entre la imponente mole de hierro y las barandas, un piquete de improvisados congueros le cantaban lo mismo al esfuerzo proletario que a alguna deidad yoruba mientras se pasaban una botella de dudosa procedencia. “Para mantener el ritmo”, decían.

Detrás, el resto de los trabajadores de la Fundición 9 de Abril, de Sagua la Grande, desfilaban al son de la iniciativa que, si bien no lograba agenciarles ningún puesto en la emulación convocada por el Primero de Mayo, al menos les permitía recorrer las arterias principales de la ciudad sin perder demasiado el entusiasmo. Sigue leyendo