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Afanosa busqué mi bandera

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Pudo ser 9 de abril, Primero de Mayo, 26 de julio, 10 de octubre… cualquiera de las fechas históricas que mi abuela veneraba con fruición de la niña pobre que fue y que, de pronto, con el triunfo de la Revolución, alcanza a ver a sus tres hijos en la universidad. Mi abuela, que me enseñó a venerar a Fidel y a Santa Bárbara, sacaba su bandera cubana y la colgaba en la ventana en todas las celebraciones patrióticas, religiosamente.

Luego la doblaba, siguiendo el protocolo oficial, la colocaba en su envoltorio y la encuevaba en un sitio casi secreto de su escaparate. Así, cada cierto tiempo, mi abuela me daba lecciones de patriotismo en minidosis, imperceptibles cápsulas emocionales de lo que la isla significaba para ella.

“Por esta bandera que tú ves aquí lucharon los mambises”, solía decirme mientras extendía el pabellón frente a mis ojos y me explicaba el significado de cada parte con más argumentos de los que podrían esperarse de su quinto grado.

Y para rematar, terminaba con una frase de culto: “Esta bandera es tan, pero tan sagrada, que no podemos dejarla caer. Nunca. Es más, si se cae tenemos que quemarla”. Sigue leyendo

Cintas amarillas

Cintas amarillasSolo cuando René González convocó a los cubanos a usar una cinta amarilla el próximo 12 de septiembre me percaté de que no tengo prenda alguna de ese color. “Soy más de Santa Bárbara que de la Caridad”, me dije, a sabiendas de que un argumento tan folclórico iba a bastarme para virar al revés las gavetas, desempolvar vestidos viejos y registrar a escondidas los retazos de mi abuela.

De modo que me sentí salvada cuando apareció, traspapelada entre mis bártulos, una liga amarilla que nunca cumplió la función de atarme el cabello porque no tengo blusa ni saya con que combinarla, pero que, milagrosamente, habrá de servirme este jueves para simbolizar mi adhesión a la campaña por el regreso de los cuatro cubanos que aún permanecen presos en Estados Unidos.

Desde la primera vez que los medios de comunicación de la isla se hicieron eco del caso ya han pasado, por increíble que parezca, 15 largos años, más largos y angustiosos para las familias de Antonio, René, Fernando, Ramón y Gerardo, no solo por la separación física, ya de por sí dolorosa; sino por la incertidumbre de los momentos iniciales y la impotencia de saber que se mantienen tras las rejas por culpa del engranaje político. Están pagando un precio que los trasciende. Sigue leyendo