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La gente cree que el mar es fácil

la-gente-cree-que-el-mar-es-facil“Muchacho, ¿de verdad que tú creíste que en ese tareco ibas a llegar a alguna parte?”, le dice Emilio mientras le enseña, una por una, las hendijas que habían comenzado a minar la quilla del barco.

Bocarriba sobre la costa, la embarcación ya no parecía esa especie de Titanic que se imaginaban sus constructores, unos guajiros de monte adentro que poco saben de marejadas ni de corrientes marinas, mucho menos de cómo armar un bote con madera todavía verde, un motor de tractor y un centenar de puntillas jorobadas.

A empujones habían llevado el artefacto hasta la costa, le habían trepado siete u ocho personas, dos niños incluidos, y estaban dando tiempo a que el mar fuera un plato; pero ni con el mar en calma hubieran podido llegar más allá del veril, ese límite de la plataforma en que el agua comienza a ponerse oscura y hasta los más curtidos lo piensan dos veces antes de aventurarse.

“La gente cree que el mar es fácil, que cualquier cosa flota, por eso después usted oye los cuentos de los desaparecidos y los ahogados”. Y para asegurarlo así, rotundamente, nadie como Emilio Morales Herrera, un cienfueguero que está en el mar desde los 17 años, es capitán de barco desde 1976 y fue pescado a cordel por una mujerona de Tunas de Zaza.

La historia que narra no ocurrió en pleno boom de los balseros, en los años 90, sino hace dos meses, “ayer mismo, como quien dice”; y a la embarcación no le habían puesto rumbo norte, como la lógica y el sentido común indican, sino proa al sur, una ruta con escala temporal en Islas Caimán. Sigue leyendo

El viejo lobo de mar

El viejo lobo de mar“Si te vas a meter al mar, lo que no puedes es tenerle miedo porque él se da cuenta y te manda un oleaje del copón”, me dice Oriol Estepe y le creo, camado como está de espanto en sus 74 años de recorrer la costa sur de Cuba “pa arriba y pa abajo” desde la Ciénaga de Zapata hasta las mismísimas aguas de Manzanillo.

Pero así, lobo de mar y todo, se las ha visto feas más de una vez, aunque sean sus propios consortes de tripulación los que casi lo obliguen a narrarme, con pelos y señales, la escaramuza con el bicho de seis toneladas que estuvo a punto de tragárselo.

“Ah, verdad, el cuento del tiburón —reconoce cuando ya no le queda más remedio—. Sucede que esa tarde yo lo veo acercarse y me da por engancharlo con el arpón. Y quién te dice a ti que aquello hala, hala y hociquea, que si no llega a reventar la soga me vira el barco y me hubiera llevado con él, como se llevó tres cajas plásticas, 40 brazas de soga y hasta el arpón, uno bueno y nuevecito que todavía me está doliendo”.

¿Y ni entonces tuvo miedo?, le pregunto aún aterrorizada, no tanto por la historia que me cuenta sino por la escena que he comenzado a imaginarme: un hombre solo, fajado prácticamente a puñetazos con el escualo que lleva días bajeándolo, un monstruo que aparece de repente con una música de fondo que ya es un clásico. Sigue leyendo

Adiós Mégano de Tunas

Adiós Mégano de TunasJosé Baños, práctico del puerto de Tunas de Zaza, ya debe haber muerto. Cuando dio su testimonio para un reportaje con pretensiones antropológicas, hacía tiempo que no guiaba la entrada y salida de cuanto buque viniera a cargar en su panza los azúcares de los antiguos ingenios Amazonas, Tuinucú, La Vega y Natividad.

Retirado del trabajo en el embarcadero pero no del sobresalto de ganarse la vida, José Baños se recluyó por decisión propia en los agrestes dominios de El Mégano, comunidad que, junto a la cercanísima Tunas, configuran la última talanquera del río Zaza antes de desbarrancarse en el Caribe; y desde aquel paraje recóndito sintetizó, con la picardía de los viejos lobos de mar, lo que todos piensan pero nadie confiesa con una grabadora apuntándole: “Si el mundo tiene fondillo, este es el fondillo del mundo”. Sigue leyendo

Viendo llover en Macondo

Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes.

Gabriel García Márquez

Llovió tanto que las casas se desprendieron de los cimientos y algunas rodaron por las calles, loma abajo. Viéndolas desde un postigo, más bien parecían barcos a la deriva, de esos que no van a ninguna parte. Puertas adentro, los pollos dormían en las repisas, tratando de mantener las patas alejadas de los charcos; las goteras comenzaron a horadar los pisos; las paredes exhalaban un vahído ocre y los espejos se cubrían de una nata blanca impenetrable. El acabose, hubiera murmurado mi abuela. Sigue leyendo