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Todavía quedan guapos en Yateras

todavia-quedan-guapos-en-yaterasUno lo ve así, inofensivo entre las piedras, dejándose cruzar de dos zancadas, y no es capaz de imaginar que el río Palenque se ensanche tanto con el primer aguacero.

Los vecinos que viven en sus márgenes lo describen cinematográficamente: es cuestión de que llueva, el agua se escurra de las lomas y venga a parar al cauce que, de repente, deja de medir unas cuantas pulgadas de ancho para abarcar cientos de metros. Se vuelve entonces una gran empalizada que arrasa con lo que encuentre a su paso: sembrados, caminos, carretones mal puestos…

No es que lo cuenten los guajiros, que tienen fama de fabuladores y exagerados; es que lo gritan a todo pecho las marcas que el propio río ha ido tallando en las orillas. Marcas de las crecidas que han conformado la peculiar topografía de aquellos recónditos parajes de Yateras.

La última gran avenida la tienen fresca en la memoria: cuando los vientos huracanados de Matthew mordieron con saña el extremo oriental de Guantánamo, en las montañas de Yateras cayó un diluvio. A pique se fue el puente que enlaza a la cabecera del municipio con la capital provincial, y loma arriba todos los ríos crecieron.

Más de 15 días estuvieron incomunicados los pobladores de Palenque Arriba, una comunidad a la que se llega después de cruzar siete veces el mismo río. Más de 15 días con sus noches, con sus respectivas angustias y, gracias a Dios y al personal médico, sin ninguna emergencia sanitaria. Sigue leyendo

Duaba: la odisea de contar la historia

Duaba la odisea de contar la historiaEn este punto de la narración televisiva, ya muerto sin remedio Flor Crombet y Antonio Maceo escapando milagrosamente, una y otra vez, de los indios de Yateras; en este punto de la historia bien sé que no conseguiré escribir sobre Duaba, la odisea del Honor sin que se me note el deslumbramiento.

Era de esperar. De hecho, me preparé para el deslumbramiento: aguardé con paciencia de asceta a que terminara la insípida programación de verano —que, para mí, fue más de lo mismo—, sacudí cualquier distracción posible de esa media hora de los sábados y me dispuse a disfrutar de la teleserie histórica con la seguridad de que una producción de semejante envergadura, dirigida por Roly Peña y con guion de Eduardo Vázquez, no podía resultar sino una obra maestra.

Cierto es que tuvo el respaldo financiero del Instituto Cubano de Radio y Televisión, del Ministerio de Cultura y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, una tríada para nada desdeñable; que se filmó en las locaciones reales, viajes a Costa Rica mediante o a los más recónditos parajes de Oriente, y que no se escatimó en recursos para ambientaciones de época o artilugios de posproducción; pero tampoco sería la primera vez en Cuba que un apuntalamiento similar en las manos equivocadas terminara en una producción audiovisual de vuelo estético cuestionable. En Duaba…, por suerte para el espectador, se impuso el talento. Sigue leyendo