El siol de Los Pinares

Esteban PinoEsteban Pino relata las peripecias que lo llevaron del estadio de pelota a los guateques más autóctonos de su natal Cabaiguán

No fue un instrumentista virtuoso, sino Pedro “Natilla” Jiménez -para muchos el mejor entrenador de la pelota cubana- quien descubrió en Esteban Pino, allá por los 70, las dotes de músico que él mismo nunca había tomado en serio.

En aquella época se las daba de siol del equipo de Las Villas y era un muchacho “rebencúo” y bravucón que no se le quedaba callado ni a la madre de los tomates. “Tuve varias palabras con Natilla porque yo era bastante zoquete, la verdad”, reconoce ahora, cuando ya la experiencia le ha curtido los resabios y puede evocar sin pesadumbre sus años en el béisbol.

“Yo tendría como 20 años -recuerda- y me codeaba con los mejores jugadores del momento. A cada rato coincidíamos los equipos de Las Villas y Azucareros en el estadio Sandino, de Santa Clara, cuando aquello no había hoteles ni nada de eso. Nos hospedaban en unos albergues con literas y unos escaparates de tabla en los que nos poníamos a tocar guaguancó para pasar el tiempo y liberar el estrés.

“Una de esas veces armamos la jodedera y yo me encaramo a tocar el quinto en un escaparate. Allí estaban estelares como Antonio Muñoz, Owen Blandino, José Antonio Huelga, Rolando Macías, Lázaro Pérez… Entonces entra Natilla bastante descompuesto y vocea: ‘Oye, acaben con esa bulla, que no dejan descansar a uno’, y de pronto mira para mí y me dice, delante de todo el mundo: ‘Y tú, dedícate a la música que tú no das como pelotero’. Yo le contesto: ‘Venga acá, espérese un momentico, cuánta gente hay tocando aquí y usted la coge conmigo’. Pero cuando miro, me doy cuenta de que todos los demás eran estrellas, el único infeliz era yo”.

Más de tres décadas después, Esteban Pino narra hasta con orgullo las mil y una desavenencias que tuvo con Natilla, como la de aquella noche de invierno en el Latinoamericano, cuando se dejó cantar tres strikes para desquitarse de que Jiménez lo tuviera relegado al banco, o la última incomodidad, cuando supo que no había sido incluido en la nómina de Las Villas ni en la de Azucareros.

“Él era buena gente pero se ensañaba con los novatos, mucho más conmigo que era un rebelde sin causa -explica-. Yo me desencanté mucho al ver que me dejaron fuera porque nunca fui de los mejores, pero algunos de los que estaban jugando eran más malos que yo”.

Sin embargo, gracias a lo que en aquel entonces calificó como una “injusticia por gusto”, Esteban Pino cambió los bates por las cuerdas y se dedicó definitivamente a la música luego de un pintoresco peregrinar por el cementerio, la refinería y todos los centros nocturnos de Cabaiguán.

RUMBO A LOS GUATEQUES

La música no fue la vocación de su vida, de ello está convencido y, por tanto, no esgrime el argumento de la inspiración divina para justificar su apego al arte. “Cuando salí de la pelota, tuve que buscar algo para mantenerme, ¿no?”, alega mientras relata las peripecias que debió sortear para aprender un instrumento, aunque ahora, con 60 y pico de años en las costillas, haya logrado dominar nueve, entre ellos la guitarra, el bajo, el laúd y la percusión.

“Entre los saltos que di cuando dejé la pelota fui a parar a la refinería de Cabaiguán -resume-, y allí ensayaba un grupito aficionado del que ya yo conocía todo el repertorio porque me sentaba cerca para oírlo tocar.

“Entonces el bongosero del conjunto, de tanto verme, un día me preguntó si yo quería aprender a tocar. Sin pensarlo le dije que sí, porque quería vivir de algo que me gustara, además, cuando yo le meto el pecho a algo es hasta afuera.

“Él me enseñó a tocar paila y un día en un ensayo me pusieron a cubrir por los cantantes porque yo me sabía todas las letras también. La suerte mía es que siempre tuve el don de cantar y tocar a la misma vez, todo el mundo no logra eso porque es muy difícil. Cuando terminó el ensayo el director del grupo Cabanicú, así se llamaba, me dijo: ‘Compadre, tú eres el nuevo cantante’.

“Con ellos me fui para las actividades de la zafra -continúa Esteban Pino-, en esa época se trabajaba por la mañana, se ensayaba por la tarde y, por las noches, nos íbamos por los campamentos a entretener a la gente que estaba movilizada. En una ocasión coincidimos con el grupo Los Pinares porque ellos grababan el programa de radio en los campamentos y ese día no traían percusión, para que tú veas lo que son las casualidades, y Jesús Pérez, el director, me pidió que cubriera”.

Desde entonces, los rumbos de Esteban Pino quedarían atados ineludiblemente a una agrupación que, desintegrada, aún forma parte del patrimonio intangible de la provincia.

“Para entrar a Los Pinares me pusieron la precisa de que tenía que montar música movida, no lo que yo cantaba que eran más bien baladas, las canciones de moda -recuerda-. Para ser sincero le dije a Jesús que nunca había cantado eso pero él confió en que yo lo podía hacer.

“Yo hubiese preferido en aquel momento otra cosa porque era joven, pero la música tradicional campesina me fue gustando más con el tiempo, al punto de que compaginamos de una forma que llegamos a figurar entre los conjuntos más reconocidos del país en esta modalidad hasta que nos separamos en el 2002”, sostiene.

Después de una trayectoria de tantos años, ¿qué provocó la desintegración?

“Bueno, esa es la pregunta del millón de pesos. La gente dice que sucedió porque yo me fui, pero eso no es cierto porque yo dejé a una persona por mí, lo que pasa es que después se fueron sumando otras cuestiones. En esa etapa yo me fui para Varadero por embullo porque había un cuarteto que me tenía loco para que trabajara con ellos en el turismo. Empezaron a hacerse piquetes de cuatro, de cinco, para presentarse en los hoteles y a esos muchachos yo era quien les hacía los arreglos, hasta que decidí irme a probar suerte. Pero ya antes de que yo me fuera el grupo se iba desmembrando poco a poco a partir de la muerte de Jesús, en 1986, los que quedaron se pusieron a crear sus proyectos independientes porque tenían derecho, por supuesto. Entonces queda como que Esteban Pino se fue y se jodió esto, era lo que se decía, pero pasaron muchas cosas juntas”, alega.

DE TODAS LAS AGUAS

Ni las discusiones con Natilla Jiménez, ni las reyertas más peligrosas entre guajiros que haya presenciado en algún torneo de campo preocuparon tanto a Esteban Pino como la premonición de aquel médico mexicano que, en plena canturía en Varadero, le vaticinó la enfermedad.

“Usted debe operarse de urgencia porque tiene una lesión en el cuello”, le había dicho con solo mirarlo en un intervalo de la actuación y bastó una sentencia tan apocalíptica para que el músico recogiera sus bártulos y regresara al hogar.

“Imagínese, yo en Varadero no iba ni al médico -reconoce-. Me acuerdo que eso fue en medio de la temporada alta, el 24 de diciembre del 2003, y el día 7 de enero del 2004 ya estaba operado de un tumor y me restablecía en Cabaiguán. Después me pusieron ocho sueros citostáticos que me llegaron al alma y un tratamiento que tenía que cumplir con disciplina militar”.

¿Y ha logrado seguirlo al pie de la letra, a pesar del ambiente bohemio en que suelen moverse los músicos?

“En eso estoy. A mí me leyeron la cartilla: cuando el médico me dio el alta me dijo que tenía que chequearme cada tres meses, después los exámenes se fueron espaciando a una vez al año, que es lo que hago actualmente, hasta que un día yo le pregunté: ‘Ven acá, mi socio, ¿cuándo yo puedo empinar el codo?’ Realmente nunca fui muy tomador, a mí me gustaba tomar con mujeres, eso de estar tomando con hombres por los bares, qué va, eso nunca fue conmigo. El médico me había dicho que hasta el 2014 por lo menos no debía tomar, pero allá por el 2009 a mí me habían regalado una botella de añejo bueno, y aproveché que él vino por la casa para hacerle la consulta y me dijo que sí, que podía darme un trago, pero con medida”, se justifica Esteban Pino, quien ya ha mirado a la pelona tan de cerca que puede darse el lujo de sacar cuentas y conclusiones definitivas.

“De la música he vivido 40 años -advierte-, me dio grandes alegrías porque recorrí buena parte de Cuba, me he presentado en programas de televisión, viajé a Corea en 1985, a Canadá, he participado en festivales y hasta saldé una deuda sentimental al componer dos canciones dedicadas a mi abuelo de Islas Canarias. Sin embargo, lo que más feliz me hizo fue la pelota. Haber estado en la serie nacional, aunque después me decepcionara tanto, fue una de las experiencias más grandes de mi vida. A estas alturas, entre la pelota, la música y la enfermedad, casi se puede decir que estoy curado de espanto porque he conseguido salir ileso de todas las aguas”.

La opinión es libre, mientras sea emitida con respeto

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s