Virgilio, el bueno

Virgilio

El poeta, ensayista y catedrático universitario Virgilio López Lemus, a quien algunos amigos en sorna llaman “Virgilio, el bueno”, rememora los días de su niñez en Fomento y confiesa esa obsesión de sabiduría que ha padecido desde entonces

Por más que se resista a los elogios, Virgilio López Lemus se sabe en el parnaso de la cultura insular. Sin embargo, para restarse importancia en este mundo de los simples mortales prefiere definirse con una frase que, como casi todo en su vida, ha tenido tiempo de perfilar con pericia de orfebre: “Soy como el pueblo cubano, barroco, surrealista y sentimental”.

Y para justificarlo acude a sus más preteridos recuerdos, de cuando jugaba en el patio de su casa en Fomento, esa comarca bucólica donde nació en 1946 y comenzó a cincelar la personalidad de lector incansable, voraz, que le ha acompañado desde entonces.

“Yo tuve una infancia muy imaginativa -confiesa-. Fui el único hijo de un matrimonio de clase obrera y vivía en la calle que iba al ingenio azucarero. En la casa había palomas, diversas especies de animales, además de muchos árboles frutales y un grupo de amiguitos de barrio de los que siempre se tienen. Pero más que de juegos en la calle, yo fui siempre un muchacho solitario.

“Mi curiosidad fue espantosa desde niño. A veces molestaba a los profesores porque cuando ellos daban una clase ya yo la había repasado; leía aquellas revistas de selecciones que hacían anuarios; me sabía las capitales de todos los países del mundo… aquello era tremendo. Llegaba a chantajear a mi familia porque para darme un medicamento o ponerme una inyección había que traerme un libro de cuentos, con lo cual me leí todo Perrault, todo Grimm y Las mil y una noches. Luego triunfó la Revolución y di un salto muy violento porque pasé de la lectura de Tarzán al realismo socialista que, por cierto, también me enriqueció bastante”.

A la capital llegó en 1964, con las nostalgias del campo pero sin el deslumbramiento que suele obnubilar a los emigrantes del interior: “Lo primero que hice fue comprarme un mapa de la ciudad para conocerla en detalle. No me impresionó tanto. Siempre digo que ya casi soy ‘habanense’, habanero no porque jamás he perdido el contacto con mi pueblo natal. Una vez quise homenajearlo pero no hallaba cómo, porque no me salía un poema como yo creo que merece y, por lo tanto, la cubierta de uno de mis libros es una estampa fomentense. De manera que he llevado siempre conmigo, a cualquier lugar del mundo al que he ido, a aquel niño de Fomento que tuvo una infancia un poco solitaria, pero feliz”.

¿Cómo aquel guajirito tímido llega a convertirse en el poeta, ensayista y catedrático universitario, doctor López Lemus?

“Con mucho tesón. Creo que a la vida hay que traer un talento natural, pero he conocido personas sumamente inteligentes que no han logrado casi nada. Sin embargo, el tesón, el trabajo constante y cotidiano, el no tener ni sábados ni domingos, el llegar a parecer una persona aburrida porque lo que estás haciendo es estudiando o sencillamente trabajando duro; eso es lo que forja a cualquier escritor. No hay ningún arte, mucho menos el de la palabra, que se entregue si uno no se entrega”.

EL SILENCIO DE LA POESÍA

Dotado como pocos de un conocimiento enciclopédico, López Lemus no cesa de acumular títulos que desandan el camino del ensayo a la poesía, dos vertientes de la creación entre las que se debate.

¿Se considera un poeta que analiza fenómenos de la cultura o un ensayista que escribe versos?

“Si algo soy es poeta, aunque todavía no estoy seguro de poder llegar a esa cumbre. Cuando leo a los grandes como Quevedo, Lezama o Guillén, dudo y me digo: bueno, a lo mejor no soy un buen poeta, la naturaleza no me dio esos dones. Después descubrí que no soy Nicolás Guillén pero soy Virgilio López Lemus, y tengo que hacer lo que la vida me dio.

“Eso sí, cuando uno tiene condiciones para escribir hay que esforzarse mucho, pero no para trascender. La vanidad de la trascendencia individual y ególatra es falsa y de poco relieve. Yo he recibido premios, medallas, reconocimientos, incluso más de los que merezco, pero ver a alguien leyendo mi libro, ir a la casa de un amigo, tomar el texto que le dediqué y ver que adentro está subrayado o saber que el cuaderno le ha servido para la clase a un profesor, eso es lo que le da sentido a la escritura, no la vanidad de ser un Fulano de Tal que escribe. Que los libros sigan vivos es la única forma de permanecer”.

¿Por qué se ha negado a la narrativa?

“No tengo los dones. Entre los 18 y los 20 escribí muchos cuentos, luego hice mi tesis sobre Gabriel García Márquez casi un año antes de que él ganara el Premio Nobel y realicé un bosquejo sobre la narrativa cubana, pero un día de pronto me dije: no, a mí lo que me interesa es la poesía. Hay momentos en los que he deseado casar el ensayo y la poesía, y he publicado algunos libros como Narciso, las aguas y el espejo o Aguas tributarias, que no son solo análisis sino también prosas que pretenden ser poéticas. Es lo más cercano que he hecho a la narrativa: el ensayo de entretenimiento, sin notas al pie ni un gran aparato bibliográfico, para que la información le llegue al lector de un modo gozoso, como si estuviera disfrutando una novela”.

Algunos críticos han percibido en su poesía lo que llaman una hondura filosófica que, sin embargo, no la hace hermética. ¿Aspira usted, como Antonio Machado, a “escribir para el pueblo, qué más quisiera yo”?

“Me has dado un nombre clave. A mí el primer poeta que me conmovió profundamente fue Gustavo Adolfo Bécquer, el segundo fue Julián del Casal -yo era un adolescente un poco dramático, melancólico-, hasta que de pronto descubrí a Antonio Machado, que fue el maestro de mi juventud. Yo pienso que si alguien olvidara mi nombre pero recordara un poema mío, como sostenían Antonio y su hermano, Manuel Machado, pues ya estaría realizado porque el ser humano viene al mundo a servir, no a ser servido. Por lo tanto, cuando descubrí que tenía una pasión muy marcada por la poesía, decidí que ella no era mía sino de todos. Siempre digo que la poesía, como la Patria, es ara, no pedestal”.

“Escucha: qué silencio, qué silencio…”, es un verso recurrente de su poema Espacio. ¿Qué silencios aún laceran la poesía cubana?

“La poesía siempre ha sido un área silenciosa porque se ha tejido el falso y pésimo mito de que la poesía no se vende. En realidad, la poesía no se sabe vender, que es algo muy distinto. Se coloca en los anaqueles más distantes de las librerías, en los sitios menos accesibles al gran público y la poesía hace, entonces, un silencio social que a mi juicio es negativo.

“Por otro lado, nosotros tuvimos una época en los años 40 y 50 de una fuerte poesía emotiva que los cubanos deben retomar. Somos un pueblo altamente emotivo, no altamente intelectivo, y esa emotividad la manifestamos en los boleros, en las canciones populares y la trova, en el placer que nos dan las telenovelas, los asuntos sentimentales. Entonces, ¿por qué escribimos más poesía intelectiva, experimental, y tan poca poesía emotiva? Hay un silencio de la poesía cubana para el gran público. La poesía cubana está siendo escrita fundamentalmente para lectores de poesía, para poetas incluso, pero que hay un silencio allí porque hemos ido desterrando un terreno de identidad, de nuestra idiosincrasia, que es la poesía del corazón”.

PENSAR EN OCTOSÍLABOS

Aquella medianoche en que salió de su propio cumpleaños “medio mareado por los improvisadores y pensando en octosílabos”, Virgilio confirmó lo que ya intuía desde su infancia campesina: que no gustaba tanto de los guateques como del estudio sosegado y metódico de la décima, de sus orígenes hispanos, de la camisa de fuerza de sus rimas.

¿Por qué esa obsesión por la décima, aun cuando no pocos eruditos la consideran una composición poética menor?

“Te juro que no tengo ninguna obsesión por ella, una inclinación marcada sí, supongo que porque me crié en una región de emigrantes canarios -mi abuelo lo era-, donde la décima tenía un espacio extraordinario. Luego tuve un profesor universitario que era un excelente decimista: Adolfo Martí Fuentes, y conocí a un ser alado -no se le veían las alas pero las tenía-, un ángel llamado Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí. Entonces comencé a analizarla, a preguntarme por qué al pueblo cubano le ha gustado tanto al punto de convertirla en la estrofa nacional. No es que tenga una obsesión, sino que a mí me gusta amar lo que mi pueblo ama”.

Recientemente fue creado en Sancti Spíritus el Grupo Provincial de la Décima. ¿Considera este suceso como un reconocimiento a la pujante vocación decimística de por estos lares o como una suerte de apuntalamiento?

“Pienso que es excelente que los decimistas creen una especie de sindicato para que se defiendan en el medio social y no los olviden. Hay mucha ignorancia en relación con las culturas populares y la décima, aunque sea muy culta, forma parte de la tradición popular del pueblo cubano. Creo, además, que estarán reivindicando algo justo. La décima es tan antigua en Sancti Spíritus como la ciudad misma, de modo que siendo una de las manifestaciones más antiguas de la ciudad, y habiendo aquí una peculiaridad llamada el punto espirituano, que figura entre los tres más importantes de la isla, pues incentivar que se agrupen los creadores, publicarlos más a través de Luminaria, de la propia prensa local, abrir espacios, es un empeño muy loable”.

En el poema Me dices que me marche, usted confiesa: Y yo quiero/ ser mucho más que un ángel, que ese/ ángel mirando al horizonte, con las manos/ extendidas en espera de nadie. ¿Qué tanto espera Virgilio de la vida?

“Ya voy siendo una persona mayor aunque creo que espiritualmente tengo menos edad. Espero haber sido útil, haber dejado alguna huella. Decía Lezama que lo que puede ser un hombre en realidad es una raya de uña en una roca. ¿Qué puedo ser yo si no tratar de que mi obra haya tenido utilidad? Si no fuera así, creo que mi vida habría sido incompleta. Quisiera tener por delante unos cuantos años más, décadas incluso -vamos a ser bastante pretenciosos-, pero con calidad intelectual suficiente para seguir ofreciendo. Aspiro, esencialmente, a conservar esa curiosidad que no me deja vivir en tanto no sepa hasta los mínimos detalles. Me habría gustado llegar a conocerlo todo, por lo cual hubiera querido ser Dios, pero eso ya es demasiado”.

4 comentarios en “Virgilio, el bueno

  1. Rubia: Veo que ha abierto esta sección con dos entrevistados de lujo por lo que presumo que los que vendrán despues tienen igual o mayor rango.¿Por qué no presentas un proyecto de libro a Luminaria con estas excelentes entrevistas? Realmente se disfrutan mucho: las entrevistas y tu escritura.Ambas

    1. Guajiro, lo que pasa es que como me aprecias tanto, el cariño te obnubila: no están tan buenas las entrevistas como para un libro. Además, la editoriales territoriales no están tan ávidas de este tipo de textos, jejejeje. Besotes, y sigue leyéndome, anda, mira que ya me he habituado a tus opiniones en el blog. Gracias, again…

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