Prefiero las historias ocultas

Confiesa la historiadora Bárbara Venegas, quien mereciera el pasado año el Premio Emilio Roig de Leuchsenring y por estos días da los toques finales a un libro sobre la presencia de Plácido en Trinidad

Por más mulato libre que fuese, artesano y poeta, a Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) no pudo agradarle demasiado la visión de aquellos negros con la piel curtida por el sol que tumbaban de cuajo los cañaverales del ingenio Güinía de Soto, sitio al que lo había llevado el sacarócrata trinitario Justo Germán Cantero en 1843, según se presume, para mostrarle al artista que en sus predios la esclavitud era menos despiadada.

De tal hipótesis da fe la historiadora Bárbara Venegas Arboláez, quien ha investigado lo suficiente el período colonial de la tercera villa de Cuba como para atar no pocos cabos sueltos.

“Ese interés por enaltecer su faceta filantrópica —asegura—, que persigue también con el libro Los Ingenios, hace de Cantero una figura que se debate entre dos aguas: era un esclavista convencido, vivía de eso, pero a la vez se convirtió en una especie de mecenas del arte que se relacionaba con negros y mulatos libres”.

¿Puede afirmarse que Plácido, por haber frecuentado tertulias y haberse codeado con lo más selecto de la sociedad colonial cubana, estuvo también entre dos aguas?

“Para nada, él era un hombre muy educado, muy discreto, muy dado a mantener la medida y eso es lo que puede prestarse a confusión, pero cuando uno analiza su obra se da cuenta de que él odiaba profundamente a esa clase social, sabía lo que ocultaba detrás de las máscaras. En varios poemas abordó la necesidad que tenían los libertos y hasta los esclavos de disimular para sobrevivir”.

Deslumbrada con los mitos tejidos en torno a la estancia de Plácido en Trinidad —entre mayo y noviembre de 1843—, Bárbara Venegas se ha enfrentado tanto a las escasas referencias documentales como a la desbordada imaginación popular en el empeño por esclarecer el itinerario probable del poeta en la región.

De su llegada a la ciudad como prisionero, acusado de participar en la conspiración de La Escalera; de la amistad que lo unió con el abogado trinitario Rafael de Medinilla, quien solicitó su liberación por falta de pruebas; de los oficios que desempeñó en la comarca y hasta de los sitios donde vivió da cuentas el texto que la investigadora ha venido hilvanando.

“Del libro apenas me faltan por perfilar detalles, llenar algunas lagunas históricas —asegura Venegas Arboláez—. Precisamente por eso emprendí esta investigación, porque sobre los días trinitarios de Plácido hay una fuerte tradición oral, pero la tradición oral es tan rica como imprecisa; hay que respetarla hasta un punto porque es lo que la gente ha oído decir y va cambiando con el paso del tiempo. Por ejemplo, en el cementerio de Trinidad hay un epitafio que se atribuía a Plácido, pero cuando vi la fecha dije: no, no puede ser, en ese momento ya el poeta no estaba aquí”.

Por esa especie de obsesión con que escudriña los resquicios del pasado, la Unión Nacional de Historiadores de Cuba le confirió el Premio Emilio Roig de Leuchsenring 2012, galardón que suma ahora a su amplio catálogo de reconocimientos y a una trayectoria profesional de prestigio en las lides de la indagación histórica.

Como investigadora, ¿qué temas la motivan?

Para investigar lo primero que debe suceder es que el tema te atraiga y eso es lo que me pasa con el período colonial, que me fascina. Prefiero las historias ocultas, el misterio que hay detrás de esas personas de las que, como de Plácido, se sabe una parte de su vida, pero otras permanecen a oscuras. Me interesa también el ambiente de las personas marginadas por la sociedad de un modo u otro: los esclavos, los negros, los mulatos libres…

¿Cuán compleja puede resultar la investigación de una etapa tan lejana en el tiempo?

Es sumamente difícil porque hay que cruzar diferentes fuentes de información. Se debe valorar lo que sugiere la tradición oral y comprobar hasta qué punto es cierto lo que el pueblo recuerda; entonces se necesita hallar documentos que validen la hipótesis o la refuten. Los propios textos escritos por las personas en cuya vida se indaga dan muchas pistas, porque son las fuentes primarias para interpretar la realidad que los rodeó.

¿Ha valorado investigar más allá de los márgenes de Trinidad?

Además de que me apasiona Trinidad, es objetivamente el único contexto al que tengo acceso. Por otra parte, la historia regional necesita estudios de caso porque los que existen no son suficientes. Yo me gradué de Letras en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, un centro insigne de los estudios regionales en Cuba, de manera que vengo con esa formación y, por ende, reconozco que aún falta mucho por descubrir de las historias locales. Esos pasajes aparentemente intrascendentes son, en definitiva, los que van componiendo la historia de la nación.

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