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Choque de trenes

Dioney Martín no debía estar al mediodía del 24 de febrero de 2017 en el coche-motor que cubría la ruta entre Siguaney y Sancti Spíritus. Si había abordado en Zaza del Medio era solo para hacerle un favor a alguien, un encargo tan rutinario como llevar una jaba con comida hasta el hospital provincial.

Dioney tampoco debía treparse a esa especie de guagua sobre rieles porque dinero tenía para pagar una máquina, pero el coche-motor era segurísimo —pensó—, y mucho más barato. Subió con la misma agilidad de tantas veces y se sentó en un asiento al fondo.

Pero Dioney, que sería de todo menos descortés, le dio su puesto a una señora y se paró a conversar en la parte delantera del coche-motor, justo por donde impactó sin piedad, apenas un rato después, el tren cargado hasta la punta de las estacas de caña que venía en sentido contrario.

La de Dioney Martín no es, obviamente, una historia de sobrevida. Sigue leyendo

Viaje infinito que apenas comienza

viaje-infinito-que-apenas-comienzaSi el artista de la plástica Wilfredo Prieto, uno de los más reconocidos talentos cubanos del arte contemporáneo, lleva cuatro años intentando emplazar una pieza en su comunidad natal, Zaza del Medio, no es por el mito de que nadie es profeta en su tierra, sino por la propia naturaleza de la obra: una carretera de más de 2 000 metros y cuatro vías de circulación que, sin embargo, no conecta a ningún pueblo ni lleva a ninguna parte.

Viaje infinito se llama la escultura ambiental, inscrita en la corriente mundialmente conocida como Land Art y que, según el autor, viene funcionando como una autopista a escala real que no tiene principio ni fin.

“Si bien una carretera es una vía de dominio y uso público, proyectada y construida para la  circulación de vehículos de transporte, Viaje infinito invierte su tradicional sentido —argumenta Prieto en la fundamentación teórica de la obra—. Más que un emplazamiento espacial, este vial denota un ciclo, enuncia esos sucesos periódicos, habituales, recurrentes en las relaciones de la sociedad contemporánea. En un participar casi performático, el espectador asume un paseo enajenante, abstraído por un contorno vicioso. De algún modo, alude al retorno inconsciente del individuo, sumiéndolo al mismo tiempo en el absurdo y la inverosimilitud”.

Como obra de arte, los más reconocidos críticos y curadores han dado su visto bueno a esta especie de ocho monumental cuyos referentes más cercanos están emplazados en Estados Unidos y Europa. Pero —en el arte contemporáneo siempre hay un pero—, no es lo mismo plantar una isla en forma de cruz en un embalse de Holanda, que una autopista insólita en un matorral del centro de la isla, donde no es precisamente asfalto lo que sobra. Sigue leyendo

El volador que no encendió

el-volador-que-no-encendioA la segunda o tercera vez que el empresario español visitó el taller de pirotecnia El Palenque, de Zaza del Medio, interesado en concertar convenios de producción conjunta, los trabajadores de la instalación ya se imaginaban operando las máquinas prometidas, accionando los mecanismos que permitirían automatizar un proceso que hasta ahora se realiza de forma manual. Para ello debían certificar cada eslabón de la cadena, desde el suministro de materia prima, hasta el almacenamiento y traslado de los fuegos artificiales, pasando por el riguroso control de los protocolos de seguridad.

Porque, eso sí, si en un lugar de Zaza del Medio nadie puede pegar un ojo —ni siquiera los custodios a las cuatro de la mañana— es en El Palenque, instalación que, a juzgar por los productos químicos almacenados, pudiera convertirse en un enorme polvorín.

Pudiera y, de hecho, se convirtió en uno el 3 de febrero de 2014, cuando una explosión de grandes proporciones redujo a escombros el área de elaboración de la pólvora y provocó la muerte de los dos trabajadores que en ese momento se encontraban en el local.

Sin embargo, no fue semejante accidente lo que hizo desaparecer de la faz de la tierra la posibilidad de colaboración entre el taller de Zaza y una empresa española, sino las trabas burocráticas y de procedimientos que terminaron por agotar al inversionista potencial. Sigue leyendo

Locos por mi habano

Locos por mi habanoAl final, el hombre cruza la pierna tranquilamente en su terraza, despega los sellos de garantía, abre la caja de madera y acaricia, con el pudor de quien toca una reliquia, el tabaco hecho a mano en Cuba por el que pagó una cifra que siempre, aun cuando le parezca económica, va a terminar luciendo estratosférica a los ojos de su mujer.

Porque una mujer —y que me perdonen los ultrafeministas—, ya sea en Madrid, Ámsterdam, Montreal o Buenos Aires, no está diseñada anatómicamente para aspirar el humo del tabaco como lo hacen los hombres, con los bronquios abiertos y los ojos cerrados.

Lo dice la industria cinematográfica, que estandarizó el estereotipo de mujer fatal aspirando sensualmente cualquier cantidad de cigarrillos, nunca puros de clase; y lo dice también el mercado, que ha sacado cuentas y reconoce en las féminas a poco más del 5 por ciento de los consumidores de habanos.

Pero la cuestión genérica es, cuando menos, irrelevante. Al final, el hombre enciende la breva; tan al final, que no tiene idea del enrevesado y minucioso trayecto que el tabaco debió recorrer desde la vega, ese océano verde ubicado —pongamos por ejemplo— en Pinar del Río, extremo occidental de Cuba; hasta las franquicias que la Casa del Habano ha venido exportando —pongamos por ejemplo— a Alemania, Suiza, Paraguay, Líbano, Qatar, Barbados… Sigue leyendo