Archivo de la categoría: Estampas cotidianas

El Caribe en HD

Suponiendo que las tiendas recaudadoras de divisa de Cuba accedieran a dar el dato —nótese que comencé con un revelador “suponiendo”—, la cifra de televisores híbridos y cajas decodificadoras de alta definición (las llamadas cajitas HD) que han vendido vendría a configurar el público meta del nuevo canal Caribe que la televisión cubana inauguró el pasado 14 de marzo.

El canal ha sido promocionado por sus realizadores como una opción audiovisual informativa acorde a los más contemporáneos estándares de la televisión internacional, de excelente empaque y con rostros jóvenes frente a cámara; un elogio que, mírese por donde se mire, es más bien una crítica a los programas informativos que hoy el mismo ICRT le ofrece al cubano sin cajita HD, que es, a no dudarlo, la inmensa mayoría.

Comprendo —porque he estirado como un chicle mi capacidad para comprender— el salto tecnológico que implica la salida del canal únicamente por la señal digital de alta resolución; comprendo también la mal disimulada propaganda que Caribe le hace a las cajas decodificadoras más caras que venden las shoppings, una campaña que ya deberían rematar de una buena vez con el slogan: “Si quiere en el futuro ver la TV, compre solo cajitas HD”. Sigue leyendo

Choque de trenes

Dioney Martín no debía estar al mediodía del 24 de febrero de 2017 en el coche-motor que cubría la ruta entre Siguaney y Sancti Spíritus. Si había abordado en Zaza del Medio era solo para hacerle un favor a alguien, un encargo tan rutinario como llevar una jaba con comida hasta el hospital provincial.

Dioney tampoco debía treparse a esa especie de guagua sobre rieles porque dinero tenía para pagar una máquina, pero el coche-motor era segurísimo —pensó—, y mucho más barato. Subió con la misma agilidad de tantas veces y se sentó en un asiento al fondo.

Pero Dioney, que sería de todo menos descortés, le dio su puesto a una señora y se paró a conversar en la parte delantera del coche-motor, justo por donde impactó sin piedad, apenas un rato después, el tren cargado hasta la punta de las estacas de caña que venía en sentido contrario.

La de Dioney Martín no es, obviamente, una historia de sobrevida. Sigue leyendo

En las malas y en las buenas

en-las-malas-y-en-las-buenasTe conceden un premio que sinceramente no esperas y te conmueven las mil y una llamadas, los mil y un mensajes al móvil, los mil y un parabienes en facebook.

Te vas a Santiago de Cuba y lo celebras por allá con la gente de Escambray, la gente a la que se lo debes todo, la que te hace levantarte cada día confiando en que puedes conquistar el mundo.

Luego regresas, todavía obnubilada, y metes el pie en un desnivel de la acera, de donde lo sacas con un esguince en toda regla —“egixe”, le decías de niña—.

Y es entonces cuando realmente te conmueves, cuando el teléfono no deja de sonar y las visitas suben cinco pisos solo para verte y los amigos se brindan para lo que sea.

Ese es el mejor premio de todos: los amigos, que están más en las malas que en las buenas.

Un médico de verdad

un-medico-de-verdadSi algo tiene Farallones es el nombre bien puesto. Esculpido a cincel limpio en la montaña, el caserío pareciera levantado sobre lascas y más lascas en la abrupta topografía del macizo Nipe-Sagua-Baracoa. Para llegar hasta Farallones, incluso, hay que remontar una carretera de un pedregoso casi lunar y esquivar no pocos despeñaderos.

Nada en aquellas crestas filosas recuerda a Moa, el emporio cubano del níquel, el pueblo embetunado de pies a cabeza de polvo rojo que se despliega a sus pies. Allá abajo, junto a la bahía y al puerto y al ajetreo de los mineros, Moa sigue su curso; loma arriba, un puñado de comunidades y otro puñado de hombres y mujeres con sus niños y sus adultos mayores se sobreponen al calvario de vivir a 28 kilómetros “de la placa”.

Pero son 28 kilómetros medidos con lienza, porque en el odómetro de los carros rinden como 42, aseguran los choferes curtidos por el extenuante ejercicio de subir y bajar unos caminos tan abruptos como las lomas en las que serpentean; tan en carne viva desde hace tantos años que si una vez estuvieron buenos, ya nadie se acuerda.

Por esos mismos caminos escalan dando brincos la canasta básica normada, los insumos agrícolas y, dos días a la semana, el camión de pasajeros que ni siquiera nace en Farallones, sino un tramo más arriba, en un asentamiento con nombre pintoresco: Calentura. (Por qué le pusieron así, pregunto, y me responden que será por el calor del sol, que allí es muy intenso: “Qué se había imaginado, periodista”). Sigue leyendo

Afanosa busqué mi bandera

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Pudo ser 9 de abril, Primero de Mayo, 26 de julio, 10 de octubre… cualquiera de las fechas históricas que mi abuela veneraba con fruición de la niña pobre que fue y que, de pronto, con el triunfo de la Revolución, alcanza a ver a sus tres hijos en la universidad. Mi abuela, que me enseñó a venerar a Fidel y a Santa Bárbara, sacaba su bandera cubana y la colgaba en la ventana en todas las celebraciones patrióticas, religiosamente.

Luego la doblaba, siguiendo el protocolo oficial, la colocaba en su envoltorio y la encuevaba en un sitio casi secreto de su escaparate. Así, cada cierto tiempo, mi abuela me daba lecciones de patriotismo en minidosis, imperceptibles cápsulas emocionales de lo que la isla significaba para ella.

“Por esta bandera que tú ves aquí lucharon los mambises”, solía decirme mientras extendía el pabellón frente a mis ojos y me explicaba el significado de cada parte con más argumentos de los que podrían esperarse de su quinto grado.

Y para rematar, terminaba con una frase de culto: “Esta bandera es tan, pero tan sagrada, que no podemos dejarla caer. Nunca. Es más, si se cae tenemos que quemarla”. Sigue leyendo