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Choque de trenes

Dioney Martín no debía estar al mediodía del 24 de febrero de 2017 en el coche-motor que cubría la ruta entre Siguaney y Sancti Spíritus. Si había abordado en Zaza del Medio era solo para hacerle un favor a alguien, un encargo tan rutinario como llevar una jaba con comida hasta el hospital provincial.

Dioney tampoco debía treparse a esa especie de guagua sobre rieles porque dinero tenía para pagar una máquina, pero el coche-motor era segurísimo —pensó—, y mucho más barato. Subió con la misma agilidad de tantas veces y se sentó en un asiento al fondo.

Pero Dioney, que sería de todo menos descortés, le dio su puesto a una señora y se paró a conversar en la parte delantera del coche-motor, justo por donde impactó sin piedad, apenas un rato después, el tren cargado hasta la punta de las estacas de caña que venía en sentido contrario.

La de Dioney Martín no es, obviamente, una historia de sobrevida. Sigue leyendo

Afanosa busqué mi bandera

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Pudo ser 9 de abril, Primero de Mayo, 26 de julio, 10 de octubre… cualquiera de las fechas históricas que mi abuela veneraba con fruición de la niña pobre que fue y que, de pronto, con el triunfo de la Revolución, alcanza a ver a sus tres hijos en la universidad. Mi abuela, que me enseñó a venerar a Fidel y a Santa Bárbara, sacaba su bandera cubana y la colgaba en la ventana en todas las celebraciones patrióticas, religiosamente.

Luego la doblaba, siguiendo el protocolo oficial, la colocaba en su envoltorio y la encuevaba en un sitio casi secreto de su escaparate. Así, cada cierto tiempo, mi abuela me daba lecciones de patriotismo en minidosis, imperceptibles cápsulas emocionales de lo que la isla significaba para ella.

“Por esta bandera que tú ves aquí lucharon los mambises”, solía decirme mientras extendía el pabellón frente a mis ojos y me explicaba el significado de cada parte con más argumentos de los que podrían esperarse de su quinto grado.

Y para rematar, terminaba con una frase de culto: “Esta bandera es tan, pero tan sagrada, que no podemos dejarla caer. Nunca. Es más, si se cae tenemos que quemarla”. Sigue leyendo

La gente cree que el mar es fácil

la-gente-cree-que-el-mar-es-facil“Muchacho, ¿de verdad que tú creíste que en ese tareco ibas a llegar a alguna parte?”, le dice Emilio mientras le enseña, una por una, las hendijas que habían comenzado a minar la quilla del barco.

Bocarriba sobre la costa, la embarcación ya no parecía esa especie de Titanic que se imaginaban sus constructores, unos guajiros de monte adentro que poco saben de marejadas ni de corrientes marinas, mucho menos de cómo armar un bote con madera todavía verde, un motor de tractor y un centenar de puntillas jorobadas.

A empujones habían llevado el artefacto hasta la costa, le habían trepado siete u ocho personas, dos niños incluidos, y estaban dando tiempo a que el mar fuera un plato; pero ni con el mar en calma hubieran podido llegar más allá del veril, ese límite de la plataforma en que el agua comienza a ponerse oscura y hasta los más curtidos lo piensan dos veces antes de aventurarse.

“La gente cree que el mar es fácil, que cualquier cosa flota, por eso después usted oye los cuentos de los desaparecidos y los ahogados”. Y para asegurarlo así, rotundamente, nadie como Emilio Morales Herrera, un cienfueguero que está en el mar desde los 17 años, es capitán de barco desde 1976 y fue pescado a cordel por una mujerona de Tunas de Zaza.

La historia que narra no ocurrió en pleno boom de los balseros, en los años 90, sino hace dos meses, “ayer mismo, como quien dice”; y a la embarcación no le habían puesto rumbo norte, como la lógica y el sentido común indican, sino proa al sur, una ruta con escala temporal en Islas Caimán. Sigue leyendo

A un metro de Fidel

a-un-metro-de-fidelParada en el borde mismo de la acera, me descubro recordando la única vez que lo tuve cerca. Fue en la Plaza de la Revolución de Santa Clara, durante aquella ola intensa de tribunas abiertas en que Cuba se paralizó de una punta a la otra reclamando al niño Elián. Fidel estaba allá, en el podio, y yo, una muchachita de 17 años, agitaba banderas en el lugar de privilegio en que habían ubicado a mi pre.

No puedo decir ahora que escuché cada frase suya, ni que comprendí en ese momento la trascendencia de un proceso que no solo traería de vuelta a Elián González, sino que desembocaría en ese empeño mayúsculo —todavía no analizado en profundidad— que fue la Batalla de Ideas.

Rodeada de adolescentes con las hormonas tan revueltas como las mías, no atendí lo suficiente como para asirme hoy a ese recuerdo. Apenas flashazos: el dedo índice enhiesto, el verde olivo que el sol pintaba a ratos de gris, la estatua del Che en lo alto; detrás de mí, un mar interminable de cabezas…

Ahora, mientras la caravana se adentra en Sancti Spíritus, intento cazar otra cercanía. Me ubico detrás de unos niños de quinto grado que, como yo a los 17 años, no podrán aquilatar en su justa medida la dimensión del suceso que están a punto de vivir. La angustia de estos niños es el reflejo del dolor de sus mayores. Sigue leyendo

Viaje infinito que apenas comienza

viaje-infinito-que-apenas-comienzaSi el artista de la plástica Wilfredo Prieto, uno de los más reconocidos talentos cubanos del arte contemporáneo, lleva cuatro años intentando emplazar una pieza en su comunidad natal, Zaza del Medio, no es por el mito de que nadie es profeta en su tierra, sino por la propia naturaleza de la obra: una carretera de más de 2 000 metros y cuatro vías de circulación que, sin embargo, no conecta a ningún pueblo ni lleva a ninguna parte.

Viaje infinito se llama la escultura ambiental, inscrita en la corriente mundialmente conocida como Land Art y que, según el autor, viene funcionando como una autopista a escala real que no tiene principio ni fin.

“Si bien una carretera es una vía de dominio y uso público, proyectada y construida para la  circulación de vehículos de transporte, Viaje infinito invierte su tradicional sentido —argumenta Prieto en la fundamentación teórica de la obra—. Más que un emplazamiento espacial, este vial denota un ciclo, enuncia esos sucesos periódicos, habituales, recurrentes en las relaciones de la sociedad contemporánea. En un participar casi performático, el espectador asume un paseo enajenante, abstraído por un contorno vicioso. De algún modo, alude al retorno inconsciente del individuo, sumiéndolo al mismo tiempo en el absurdo y la inverosimilitud”.

Como obra de arte, los más reconocidos críticos y curadores han dado su visto bueno a esta especie de ocho monumental cuyos referentes más cercanos están emplazados en Estados Unidos y Europa. Pero —en el arte contemporáneo siempre hay un pero—, no es lo mismo plantar una isla en forma de cruz en un embalse de Holanda, que una autopista insólita en un matorral del centro de la isla, donde no es precisamente asfalto lo que sobra. Sigue leyendo