Archivo de la categoría: Cultura

El año de 1984

Esperaba tanto de 1984, de George Orwell, que comencé a leerlo pero tuve que dejarlo, como se dejan los novios demasiado sosos o demasiado predecibles. Tanto me hablaban del libro —“tienes que sacarlo de abajo de la tierra”, me habían dicho—, que cuando finalmente lo encontré muerto del aburrimiento en un anaquel de la librería de Sancti Spíritus me le tiré con un desespero incomprensible para la vendedora.

Es lo que me pasa siempre que me llenan la cabeza con los guisasos de la expectativa, que termino queriendo que las cosas sucedan luego como yo me las había imaginado; en este caso, que la historia del libro fuera tan alucinante como las interpretaciones desproporcionadas que me habían contado.

Me pasó antes con El perfume, recién desembarcada en la adolescencia. Hice el nueve en la cola para el único volumen que tenía una compañera de aula y me lo leí en tres días, pero si me matan ahora mismo solo sabría describir la sensación de “¿ya?, ¿para esto tanto lío?” cuando terminé la última línea del último capítulo. No es lo mismo, claro está, leer a los 13 años la historia del asesino en serie de Patrick Suskind, que a los 33 la del hombre aplastado por la maquinaria del Gran Hermano. Sigue leyendo

El Caribe en HD

Suponiendo que las tiendas recaudadoras de divisa de Cuba accedieran a dar el dato —nótese que comencé con un revelador “suponiendo”—, la cifra de televisores híbridos y cajas decodificadoras de alta definición (las llamadas cajitas HD) que han vendido vendría a configurar el público meta del nuevo canal Caribe que la televisión cubana inauguró el pasado 14 de marzo.

El canal ha sido promocionado por sus realizadores como una opción audiovisual informativa acorde a los más contemporáneos estándares de la televisión internacional, de excelente empaque y con rostros jóvenes frente a cámara; un elogio que, mírese por donde se mire, es más bien una crítica a los programas informativos que hoy el mismo ICRT le ofrece al cubano sin cajita HD, que es, a no dudarlo, la inmensa mayoría.

Comprendo —porque he estirado como un chicle mi capacidad para comprender— el salto tecnológico que implica la salida del canal únicamente por la señal digital de alta resolución; comprendo también la mal disimulada propaganda que Caribe le hace a las cajas decodificadoras más caras que venden las shoppings, una campaña que ya deberían rematar de una buena vez con el slogan: “Si quiere en el futuro ver la TV, compre solo cajitas HD”. Sigue leyendo

Panchito, el último cacique

panchito-el-ultimo-caciquePara Francisco Ramírez Rojas, Panchito, no es nada del otro mundo eso de mantenerse aferrado a sus cultos ancestrales, a su comunidad de 11 casitas y 23 personas y a ese paraje perdido en la montaña donde sus antepasados consiguieron sobrevivir.

Para él es lo más natural del mundo, pero para el resto del país que lo mira con extrañeza, La ranchería es una rara avis: el último bastión aborigen de Cuba. Panchito, el último cacique.

Si no fuera porque hace siglos se internaron a más no poder en las lomas del macizo Nipe-Sagua-Baracoa, de los indígenas habría quedado solo el recuerdo, unas cuantas ilustraciones desperdigadas en los libros de historia y los nombres sonoros con que bautizaron lomas, ríos, penínsulas, cayos… cada accidente geográfico bajo sus dominios que, antes de 1492, eran toda la isla.

En la Cuba de estos tiempos, para admirar la herencia indígena más pura hay que llegar hasta La ranchería, un recodo tan intrincado en la sierra guantanamera que hacen falta dos horas a lomo de un camión de triple tracción —un “triple”, a secas, para los lugareños—, por picos y mesetas y valles y hasta la muy temida Loma de la muerte.

Panchito, sin embargo, no consigue imaginar otro sitio fuera de esas montañas para echar raíces con su cacicazgo a cuestas. Sigue leyendo

De agrio, Naranjo solo tiene el nombre

de-agrio-naranjo-solo-tiene-el-nombre—Como decimos los guajiros: “asujétense”.

Para cuando el chofer lo advirtió, ya estaba el jeep WAZ atacado hasta las rodillas en el fango. Hacía casi una semana desde el último aguacero, pero por aquellos rumbos de Dios, con la humedad casi permanente y los árboles tapando por completo el trillo, los charcos pueden durar para siempre. Charcos que luego derivan en imponentes islas de fango.

Si no fuera por la pericia del chofer, Carlos Loforte Babastro, que lleva más de 30 años manejando ese carro salvador sin siquiera haber abierto nunca el motor; si no fuera porque a fuerza de recorrerlos hasta de madrugada se sabe de memoria los bajíos de la zona y cómo salir con vida de ellos, este equipo de prensa habría terminado allí mismo lo que parecía una misión suicida: subir por espalda encorvada del macizo Nipe-Sagua-Baracoa para narrar las historias —no por cotidianas, menos heroicas— de los hombres y mujeres que, ora por decisión personal, ora por estricto cumplimiento del deber, garantizan los servicios de Salud al montañés.

Aunque, a decir verdad, nadie está en esas cumbres de Sagua de Tánamo por estricto cumplimiento del deber. Se puede, incluso, aterrizar de mala gana si uno es un médico graduado en el Vedado y lo mandan a cumplir el servicio social en alguna comunidad de nombre impronunciable, como solía pasar hasta hace unos años, cuando los recién egresados venían a suplir necesidades como si se tratara de un destierro. Lo que no se puede, de ningún modo, es llegar de marcha atrás y no encariñarse a los tres minutos con los pacientes más nobles del mundo. Sigue leyendo

Viaje infinito que apenas comienza

viaje-infinito-que-apenas-comienzaSi el artista de la plástica Wilfredo Prieto, uno de los más reconocidos talentos cubanos del arte contemporáneo, lleva cuatro años intentando emplazar una pieza en su comunidad natal, Zaza del Medio, no es por el mito de que nadie es profeta en su tierra, sino por la propia naturaleza de la obra: una carretera de más de 2 000 metros y cuatro vías de circulación que, sin embargo, no conecta a ningún pueblo ni lleva a ninguna parte.

Viaje infinito se llama la escultura ambiental, inscrita en la corriente mundialmente conocida como Land Art y que, según el autor, viene funcionando como una autopista a escala real que no tiene principio ni fin.

“Si bien una carretera es una vía de dominio y uso público, proyectada y construida para la  circulación de vehículos de transporte, Viaje infinito invierte su tradicional sentido —argumenta Prieto en la fundamentación teórica de la obra—. Más que un emplazamiento espacial, este vial denota un ciclo, enuncia esos sucesos periódicos, habituales, recurrentes en las relaciones de la sociedad contemporánea. En un participar casi performático, el espectador asume un paseo enajenante, abstraído por un contorno vicioso. De algún modo, alude al retorno inconsciente del individuo, sumiéndolo al mismo tiempo en el absurdo y la inverosimilitud”.

Como obra de arte, los más reconocidos críticos y curadores han dado su visto bueno a esta especie de ocho monumental cuyos referentes más cercanos están emplazados en Estados Unidos y Europa. Pero —en el arte contemporáneo siempre hay un pero—, no es lo mismo plantar una isla en forma de cruz en un embalse de Holanda, que una autopista insólita en un matorral del centro de la isla, donde no es precisamente asfalto lo que sobra. Sigue leyendo