Viendo llover en Macondo

mayo 30, 2012 18 comentarios

Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes.

Gabriel García Márquez

Llovió tanto que las casas se desprendieron de los cimientos y algunas rodaron por las calles, loma abajo. Viéndolas desde un postigo, más bien parecían barcos a la deriva, de esos que no van a ninguna parte. Puertas adentro, los pollos dormían en las repisas, tratando de mantener las patas alejadas de los charcos; las goteras comenzaron a horadar los pisos; las paredes exhalaban un vahído ocre y los espejos se cubrían de una nata blanca impenetrable. El acabose, hubiera murmurado mi abuela.

Fueron cuatro días con sus noches: desde el martes, cuando la humedad era tan densa que hubiera podido cortarse con un cuchillo de mesa, hasta el viernes, cuando ya a ninguna beata le quedaba santo para implorar el regreso de la seca.

Luego de tanta agua a toda hora, comprobé lo que ya sospechaba desde que el río Sagua se me coló con sus astucias de leva un metro dentro de la casa: que la lluvia tiene gracia la primera media hora. Los calores se aplacan, las gotas suenan sobre los techos de zinc como si se acabara el mundo y una se puede dar el lujo de quedarse embelesada dondequiera que la haya sorprendido el agua. Tiene hasta su sino romántico eso de mirar la lluvia, a buen resguardo detrás de una persiana o con los pies empapados en cualquier portal. Tiene gracia -repito- la primera media hora.

Después comienza una a desesperarse, a mirar el reloj, a decir: “Por Dios, pero por qué no escampa”, a recordar aquel cuento de García Márquez en el que una Isabel atribulada ve desdibujarse el pueblo, la gente, hasta las ganas de vivir, bajo los efluvios casi corpóreos del agua.

Cuatro días con sus noches pueden durar una eternidad, sobre todo si el aluvión dice “aquí estoy yo” de madrugada y hay que empezar a esa hora a recoger los bártulos; a colgar nombres en las cajas para que luego, en el desbarajuste de la evacuación, la ropa interior no termine entre la vajilla del vecino; a cargar con las fotos y las piedras de El Cobre y los recuerdos más entrañables, esas pertenencias que no resultan imprescindibles más que para el que se va, dispuesto a perderlo todo.

Así debieron sentirse los miles de espirituanos que, con las gotas golpeándoles como piedras en la cabeza, no pensaron en la proverbial fertilidad de los campos ni en la muerte definitiva de la sequía, sino en la amenaza constante de la presa Zaza, esa suerte de bomba de tiempo que apenas con un estornudo pudiera borrarlos a todos de la faz de la tierra. Sería, al menos para ellos, el fin del mundo.

Viendo la enésima evacuación de los habitantes de Tunas de Zaza, El Médano, Mapos, Tayabacoa y tantas otras comunidades en peligro por la crecida de la Zaza, reafirmo el trauma fluvial que padezco desde la adolescencia: que es una tortura esto de vivir aguas abajo de semejante palangana.

Empecé a creerlo cuando Alacranes -el embalse en la barriga del río Sagua- amenazó con llevarse la compuerta; y sigo pensándolo ahora, una vez acomodada junto al estanque artificial más grande de Cuba -un megaestanque, diría cierto guajiro exagerado-.

Al menos yo -no sé los “campesinos felices” de estos pueblos del sur espirituano-, jamás he vuelto a escuchar un parte meteorológico en etapa de ciclones sin que me vea de nuevo con el agua a las rodillas en la sala de mi casa.

Pero ellos, los “campesinos felices”, no parecen demasiado contrariados. Se montan en los camiones o en el tren, “lo que sea que manden”, miran hacia atrás como si siempre fuera la última vez, y se resignan a que la Zaza les llene las habitaciones con la mugre de sus empalizadas. “Qué remedio, ¿no?”, dicen los conformes, a sabiendas de que solo allí podrían subsistir llenando los botes de pescado; otros, los más viejos, que no han ido más allá de los albergues tierra adentro, se plantan en tres y dos con la obcecación de los 70 años: “Yo llegué primero, en todo caso, es la presa la que está atravesada”.

Atravesada o no, bastaría un mínimo berrinche, un temporal súbito y extemporáneo como este para que la lluvia despegara las casas de los cimientos, las arrastrara calle abajo y desbancara todo a su paso. En definitiva, nada hay más rotundo que el agua cuando se propone demostrar lo que se dice en los velorios: que frente a la confabulación de los elementos y a pesar de la presunción del hombre, no somos nada.

Acreditación forzosa

mayo 23, 2012 31 comentarios

El tribunal sabía lo que buscaba: “¿De cuánto te valieron los conocimientos adquiridos en la universidad para tu posterior desempeño profesional? ¿Cómo juzgas el rigor de las clases y de los ejercicios académicos? ¿Qué piensas del plan de estudios? ¿Cuánto influyó la carrera en la formación de las habilidades necesarias para el desenvolvimiento laboral?”.

Las preguntas me sonaban insulsas, no porque lo fueran realmente, que es cosa muy seria esa de cuestionarse si la calidad de nuestra Educación Superior es tan de pedigrí como sostenemos, sino porque estaban diseñadas para que respondiéramos con apologías.

Al menos para eso me sentí convocada, para exaltar la carrera de Periodismo, abierta en la sacrosanta Universidad Central Marta Abreu de Las Villas hace ya -hasta me horroriza pensarlo- una década y a cuya primera graduación pertenezco, con todos sus bombos y platillos.

Eso de ser los primeros tuvo su encanto: mientras algunos rezongaban lamentando que La Habana les quedara oficialmente prohibida, todos -los cosmopolitas y los guajiros conformes- nos convertimos sin quererlo en los niños lindos de la UPEC villaclareña.

Todavía recuerdo la bienvenida formal -encuentro con Díaz-Canel incluido, que por ese tiempo fungía como secretario del Partido en la provincia- y las otras bienvenidas no menos relevantes, en las que aprendí que se puede ser solemne para los asuntos de administración y mandato, e irreverente de remate como Ifraín Sacerio, el loco de tanta lucidez que nos recibió en Santa Clara y en el mundo onírico de sus décimas de juerga. Nos abrió las puertas de la bohemia pero vino a morirse justo cuando estábamos a punto de graduarnos -“Coño, Sacerio, compadre”, de seguro habría dicho uno de sus coterráneos-.

Luego vendrían las encuestas a parada llena -“marque con una X, ¿estoy más o menos borracha que la última vez?”-; las escapadas a El Mejunje o la Loma del Capiro, aunque técnicamente no eran escapadas porque eso de bueno sí tiene la universidad: que no hay más talanqueras que las del 30 por ciento; las clases de los viernes en las que el aula, poco a poco y como quien no quiere las cosas, se iba despoblando; la capacidad -a la que nunca se le hizo justicia suficiente- del edificio 900 para duplicar, sobre todo en las noches, el número de sus inquilinos habituales; y otras hierbas aromáticas como el chícharo, la harina, el calamar…

Pero ninguno de esos detalles menores interesó en lo absoluto a un tribunal cuyo único objetivo -expreso, como todas las inspecciones sorpresivas que se respeten- era aquilatar si la carrera de Periodismo de la Universidad Central de Las Villas estaba apta para ser acreditada.

(Acreditar: verbo ambiguo que, supuestamente, funge como una patente de corso para que el título universitario valga en cualquier parte del mundo, lo cual, para mí, es realmente inoperante).

Me fui con la rara sensación de haberles dibujado una carrera “otra” en la que, por cierto, no me reconozco, y para colmo no supe si el panegírico que orquestamos entre todos -esto de la simulación es un asunto altamente contagioso- dio más resultado que el que ya traía de antemano la comisión evaluadora.

Nada me preguntaron -y, por supuesto, yo nada dije- sobre lo mucho que duele la nostalgia por esos pasillos kilométricos, donde nos sentábamos a conversar sobre la novela de turno, el novio de turno, el próximo turno. Nada me preguntaron -porque no venía contemplado en el cuestionario- sobre este arte de extrañar a los amigos distantes, desperdigados ya para siempre y sin remedio; sobre esta suerte de dolor apagado en el sitio exacto donde reposan los afectos.

Pensé en confesarlo de un tirón: que ninguna conferencia magistral me había servido en la vida como aquellas tertulias de por las noches en el cuarto; que ningún Doctor en Ciencias me había enseñado tanto como los catedráticos que se nos fueron gestando en debates y seminarios; que no recuerdo exactamente el plan de estudios pero sí los jolgorios que inventábamos sin dinero ni motivo aparente.

Pensé en confesarlo pero, como tantas veces, me mordí la lengua. En definitiva, semejante prueba de sensiblería no hubiese pasado de una imperdonable debilidad en tiempos como estos, en que está de moda lo concreto.

Frijoles negros

mayo 16, 2012 18 comentarios

Algo debí decirle a mi primo aquel mediodía -algo que de seguro él tampoco recuerda- para que me respondiera con un disparo de frijol. Estábamos almorzando solos en la mesa de la saleta, donde aprendimos a jugar ajedrez y desde donde podíamos ver los muñequitos rusos sin dejar de comer. El grano de frijol negro rebotó en las paredes y terminó escachado en algún sitio no tan recóndito.

Entonces se desató la guerra: disimulada al principio, mientras velábamos cualquier movimiento allá atrás, en la cocina; desaforada después, en un fuego cruzado de balines negros que desaparecieron de los dos platos para convertirse en la artillería pesada de nuestro propio Waterloo.

Apenas segundos duró aquella escaramuza bélica: Tati, la abuela que ambos compartimos desde siempre, llegó a tiempo para sacarnos de las barricadas y recoger, con el alma adolorida por el potaje que ya nadie iba a comerse, los granos incrustados en la vitrina, las paredes, el mantel…

“Con la comida no se juega”, nos venía advirtiendo desde que los dos tratamos de meter las manos en el primer puré. “Con la comida no se juega”, me parece oírle decir ahora, cuando finalmente entiendo su aflicción ante los granos desperdigados e inútiles.

Los frijoles negros, de cualquier forma, no eran su fuerte. Ella lo sabía e intentaba suplir semejante desliz culinario -casi imperdonable en este menú del trópico- con ollas enteras de carne con papas como nadie más volvería a cocinar. Pero los frijoles negros, así, con caché, nunca le quedaron.

A esa realidad se resignó otro mediodía, con más calor y menos especias para condimentar, cuando sus dos más fieles comensales, mi tío y yo, probamos aquel potaje digno del más rancio período especial. El radio rumiaba un corrido mexicano que, como todos los corridos, hablaba de mujeres traicioneras, gallos finos o potros correlones, no recuerdo en verdad. Lo que sí recuerdo -porque uno suele grabar en la memoria del corazón los años felices- es la cara de angustia de mi tío sin decidirse a tomar la tercera cucharada de potaje.

“Coñó, esto es aguachirre”, dijo.

“No, qué va -le rectifiqué-: aguachirre con bolitas”.

Tal vez por esos rescoldos de nostalgia no me molesta en lo absoluto descubrir, con el delantal que fue suyo atado a la cintura y al borde de otra olla de frijoles negros, que me han quedado, como a Tati, irremediablemente mal.

La fiebre del oro

mayo 9, 2012 17 comentarios

Si en tiempos del conquistador Francisco Pizarro las hordas peninsulares arrasaron el Imperio Inca, deslumbradas por la cantidad exorbitante de minerales preciosos en templos, palacios y edificios públicos, hoy en día los saqueadores de entonces hubieran preparado de nuevo los arcabuces ante el desfile de cadenas, anillos, aretes, pulsos y hasta dientes de oro que amenazan con perpetuar la moda de la frivolidad.

Por desgracia, no se trata de manifestaciones aisladas. Basta con sentarse en una esquina del parque Serafín Sánchez para aquilatar la magnitud de un fenómeno que, si bien existe desde que el mundo es mundo, adquiere nuevas connotaciones en una sociedad como la cubana, opuesta por principio a patrones consumistas que, sin embargo, ya asoman sus pespuntes grises.

Con muchos años de austeridad acumulada, el espirituano de a pie se resiste a validar tales derroches de ostentación: en pleno bulevar, una muchacha soporta el peso de siete cadenas de oro; con el zapato apoyado en la librería Julio Antonio Mella, un merolico de casi 40 años presume su enorme dije al más burdo estilo Don Omar; la dependienta de cierta caja contadora ya no tiene dedos donde poner más anillos…

“Lucecitas para escena”, diría el poeta. Y aunque algunos pretendan asociarla únicamente a la juventud, lo cierto es que la fiebre del oro se cuela entre las brechas del nivel cultural y del gusto estético, sin miramientos generacionales.

Vale aclararlo: no es esta una diatriba contra las prendas sencillas, discretamente llevadas. Lo que realmente asusta es la rimbombancia desmedida, la avidez de algunos por demostrar que valen tanto como los enchapes que casi les tumban el cuello.

A semejante fauna, que ronda con frecuencia shoppings y centros nocturnos por divisa, nos hemos acostumbrado con la naturalidad de quien se resigna ante lo irreversible. Están ahí, validando con buena dosis de sorna la condición de “nuevos ricos” que otros prefieren ignorar.

Por ello, frente a una tendencia en ascenso, proliferan las quincallas al punto de que, según algunos exagerados, la cabecera provincial se ha convertido en la ciudad con más joyeros por kilómetro cuadrado. La curiosa cifra de tres en una misma cuadra no ilustra sus escasas luces en estrategias de mercadeo, sino la bonanza de un servicio que les permite repartirse los clientes sin que mengüen los ingresos.

Después de todo, quienes aún se dejan encandilar con el brillo de las joyas, pese a décadas de formación humanista, no difieren tanto de aquellos colonizadores ibéricos que forzaron al inca Atahualpa a llenar una habitación de riquezas a cambio de su libertad; o de los buscadores de tesoros que, hasta bien entrado el Siglo XIX, exploraron cada palmo de América tras el mito de El Dorado.

Quizás el de hoy sea un delirio demasiado pragmático, no tan inspirado en el valor simbólico de la máscara mortuoria de Tutankamen como en los 100 000 dólares que el reguetonero Daddy Yankee ha invertido en alhajas.

De modo que, para desterrar el vicio de la banalidad y el mal gusto, se impone analizar sin tapujos las manifestaciones consumistas que retoñan por estos días y que hubiesen dado la razón a Píndaro, el poeta griego que en el Siglo V a.n.e. describió el oro como “hijo de Zeus, al que no devoran ni la polilla, ni la herrumbre, pero cuya suprema posesión devora la mente del hombre”.

Y ahí radica el mayor reto, en disfrutar de sus innegables cualidades decorativas sin sucumbir bajo el peso desvirtuador de sus espejismos.

Un hombre del renacimiento

mayo 2, 2012 4 comentarios

El doctor Ercilio Vento Canosa no existe. Es una fabulación, un espejismo, un personaje plantado en medio de la ciudad de Matanzas para hacernos creer al resto de los mortales que es posible vivir en pleno siglo XXI, en el bullicio de la sociedad posmoderna, a la usanza de los enciclopedistas de antaño.

Y si, en última instancia, aceptamos que es real, de carne y hueso, porque no puede ser una aparición este hombre venerable que te confiesa hasta lo que no te has atrevido a preguntar de sus 64 años; en ese caso no queda más remedio que admitirlo: el doctor Ercilio Vento Canosa existe, pero fuera de todo tiempo conocido, al margen de este devenir asfixiante, en una suerte de universo paralelo donde habitan las nostalgias de su infancia, las visiones de un futuro que no le preocupa en lo absoluto y el recuerdo de todos los muertos ilustres que ha rescatado del olvido.

Cuando lo entrevisté por primera vez, hace casi un año, me supe vencida por el deslumbramiento, ese estado de inconsciencia que nubla el juicio y me inhabilita -lo reconozco- para advertir defectos. Llegué a su oficina mientras investigaba el hallazgo de unos restos humanos que resultaron pertenecer al único miliciano hasta entonces desaparecido en las cumbres del Escambray y salí de allí con dos certezas: que gracias al doctor Vento la memoria de aquel joven asesinado por la banda de Blas Tardío finalmente tendría unos huesos donde descansar y que a semejantes pesquisas interprovinciales debía el haber conocido a un hombre del renacimiento.

Por más que él haya intentado explicármelo, todavía no sé cómo se las agencia para ser tantos Ercilios en un solo cuerpo: el especialista en segundo grado en Medicina Legal, el vicepresidente dela Sociedad Espeleológicade Cuba, el historiador de la ciudad de Matanzas, el primer latinoamericano y octavo científico del mundo en elaborar un método que luego habría de bautizar como antropología microscópica, el políglota cuya más reciente obsesión es la gramática del copto, el ciudadano de a pie que no espera guaguas porque le enerva perder el tiempo y el bicho raro que convivió durante casi 20 años con una momia bajo su propio techo.

Ahora mismo tengo frente a mí la segunda entrevista que le hiciera hace unos días y, como suele sucederme en estados de fascinación cono este, no logro hilvanar ni una idea con la objetividad que aconseja el periodismo -ya lo dije una vez: no se puede ser objetivo con lo que se admira-.

De modo que me conformo -porque uno siempre se conforma- con saber que existe, que más allá de toda duda razonable, el doctor Ercilio Vento Canosa es de esa estirpe de hombres excepcionales que pasan esporádicamente, como los cometas, aunque al resto de los mortales -sus contemporáneos- apenas nos sea lícito contemplarlos desde lejos.

Nota: Que conste: este post no debe ser interpretado como una declaración, aunque lo pareciera.

Tiempos de polémica

abril 25, 2012 6 comentarios

A riesgo de contradecir el axioma de que todo tiempo futuro debe ser mejor, a mí me habría encantado presenciar aquellos años ya idos en que Jorge Mañach litigaba con Rubén Martínez Villena; en que Jorge Mañach rompía lanzas contra el hermetismo de Lezama; en que Jorge Mañach desafiaba públicamente a Raúl Roa. (Jorge Mañach fue, sin dudas, el intelectual más incómodo y chocante de la República).

La polémica era, como nunca más ha vuelto a ser, el estado natural del arte y la sociedad, una postura racionalmente asumida y conscientemente practicada. Era posible, y punto.

Luego, el debate se fue apagando, atrincherándose en los recuerdos de unos pocos que no lograron sino sucumbir a la unanimidad imperante, que de pronto se descubrieron sin motivos, sin argumentos, sin ganas de protestar.

Todavía en los años 60 algunos levantaron sus voces para defender la libertad creativa, esa suerte de libertad de expresión artística que otros interpretaban como enajenación o individualismo y que, en la mayoría de los casos, mereció el peor de todos los epítetos: el arte burgués.

Pero antes, durante y después, de lo que jamás ha logrado desprenderse la polémica es de esos rescoldos de amor propio que subyacen en cada encontronazo. Cierta animadversión se percibe siempre, por ilustrados y certeros que sean los argumentos, por doctos y encopetados que sean los contendientes.

“El autor parece olvidar que…”, “el señor M. de seguro no recuerda…”, “si Z. se hiciera entender mejor…” son incidentales que, a fuerza de poner en tres y dos, hieren al otro en conflicto, y la controversia que comenzó siendo intelectual, nacida del raciocinio, termina desbocada en el escarceo de las más bajas pasiones humanas.

De esa estirpe es, precisamente, el mensaje que recién aterrizó en mi buzón de correo, una especie de novela anónima -suelo desconfiar de los anónimos- sobre cierto escritor de provincia que ha ganado notoriedad en los últimos tiempos, no solo por su obra, sino también por la virulencia de los ataques en su contra.

Esta polémica de hoy, demasiado encarnizada como para ser creíble, me deja extrañando aquellas diatribas filosóficamente apuntaladas de Mañach, esos contrapuntos de la prensa de antaño, cuando todos tenían potestad para emplazar y ser emplazados, para preguntar y responder.

Leyendo este chancleteo espirituano compadezco el sino de los escritores y artistas: imposibilitados como estamos para cuestionar la gestión de tal ministro o pedir cuentas por los viajes de mascual funcionario, solo quedan los mansos reductos del arte para descargar toda la ira contenida durante décadas de opinión homogénea.

Mañach de seguro habría tenido un argumento válido para ignorar -porque no lo hubiera considerado digno de contrarréplica- este forcejeo mucho más visceral que poético.

A la deriva

abril 18, 2012 11 comentarios

Justo cuando creo estar de luna de miel con la tecnología, embelesada con el espejismo de la libertad en esta red de redes, algo sucede -intrascendente en apariencia, como las grandes cosas- y termina por darme la razón: que los avances científico-técnicos pueden durar lo que un merengue en la puerta de un colegio, que todo triunfo tecnológico es efímero, que este mundo de la ciberconexión, definitivamente, no se inventó para mí.

De ello me convencí la primera vez que intenté administrar Cuba profunda y no pude. Entonces ni siquiera le di importancia: “Debe ser culpa de los spam, que llenan de mensajes insulsos el escritorio del blog, y una se siente igual de insulsa al tener que borrarlos sistemáticamente”, me dije.

Luego lo volví a intentar, ansiosa como estaba de ver las barras de lectoría creciendo, el número de comentarios aumentando y tantas otras chocheras que solo pueden entender quienes, alguna vez, hayan sufrido por un blog. (Algo de ti misma va quedando desperdigado en esos post que puede leer cualquiera o nadie, y después vas recomponiéndote a pedazos en la figuración del otro).

Esa tarde iba a escribir sobre los trenes, de lo románticas que me han parecido siempre esas moles de hierro que, al menos en Cuba, forman parte de la esencia nacional. Iba a escribir de los trenes, a explicar lo que muy pocos de mis amigos saben: por qué recuerdo cada año, con una devoción casi adolescente, la fecha exacta en que la primera locomotora estrenó los raíles entre La Habana y Bejucal, y por qué esgrimo precisamente ese argumento para demostrar nuestra supremacía en toda Iberoamérica -algo así como mi ya ontológico regionalismo, pero a mayor escala-.

Iba a mezclar el pitazo del tren con la emoción metálica que me corre por el espinazo cuando lo escucho a lo lejos -en ciertas líneas más que en otras-, pero traté de confesarlo y wordpress me rechazó. En ese instante -frente a la página muerta, no escuchando alejarse el tren- me sentí en pánico.

Llegué a sospechar de algún operativo orquestado para dejarme sin este “espacio para las catarsis cotidianas”, de una represalia a mis diatribas contra la ley de oferta y demanda, sobre la incapacidad de mi bolsillo para sostenerme -menos aún para darme gustos-, sobre alguna foto que pudiera haber resultado incómoda.

Pero descarté semejante idea: andan por ahí, también desperdigadas, páginas personales mucho más irreverentes, que me roban sin saberlo todo cuanto yo quisiera escribir, que yuxtaponen la visita del Papa con Camila Vallejo y la nulidad de nuestra juventud, que emplazan sin que nadie les demarque los linderos del “hasta aquí”.

La presunción me duró poco: ¿quién iba a querer boicotear un blog que únicamente habla de mis crisis existenciales, de las obsesiones que solo comparto con unos cuantos, de esas historias urdidas entre Sancti Spíritus y Sagua, de Anita y Jorge, de mis naufragios físicos y espirituales?

Todo era cuestión de tecnología, del navegador obsoleto, de no saber exactamente qué pasó con el sacrosanto cable submarino, de sustituir un sistema operativo por otro y Sanseacabó. Los asuntos informáticos son así, de mucha incomodidad y fácil solución.

Ahora que ya he recuperado la soberanía sobre mi finca virtual, me queda la zozobra de haberla perdido, de haber tarareado con más amargura de la cuenta el estribillo de Buena fe: “Porque todo lo que fue y no es, es como si nunca hubiese sido”. Tal vez de eso se trate: no de las perretas tecnológicas, que para remediarlas hay ingenieros de sobra, sino del dolor que la ausencia provoca cuando nos deja, irremediablemente, a la deriva.

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